5 de diciembre de 2016

El sabbat

El sabbat. Maurice Sachs. Cabaret Voltaire, 2016
Traducción de Lola Bermúdez Medina
"Uno se hunde como en un pozo hasta la hondo para encontrar un manantial de agua clara. Y mientras más se desciende por las paredes negras, mejor se comprende la soledad infinita en la que se oye resonar, en el silencio del universo, el eco de nuestra voz a la que, al principio, nadie responde. Un paso más y el primer sonido que se percibe ¿no será el lejano rumor del universo que reenvía el eco de nuestra propia soledad?"
Maurice Sachs es la disidencia salvaje hecha literatura: judío colaboracionista, homosexual homófobo y moralista estafador. Frente a los collabo "utópicos", personas de supuesta buena fe que vieron en Hitler la encarnación de un Nuevo Orden Mundial en el seno del cual Francia podría recuperar la grandeza de antaño, surgió una corriente colaboracionista "práctica", sostenida por aquellos que vieron en la ocupación la oportunidad de medrar, de conseguir una buena posición personal y, de paso, saldar deudas contraídas desde la época de la Tercera República; aunque injustificables ambas, la primera facción pudo llegar a hacerse disculpable, no así la segunda, en la que militó, consciente e intencionadamente, Maurice Sachs. Autodeclarado culpable de todas las perversiones, el parisino asumió su responsabilidad casi con indiferencia, y en lugar de escribir unas confesiones en el más puro estilo cristiano del término, redactó una especie de pliego de cargos bajo la forma literaria de una falsa falsa confesión: el resultado se materializó en dos libros, El sabbat (Le Sabbat. Souvenirs d'une jeunesse orageuse, redactado en 1939 y publicado póstumamente en 1946, un año después de su muerte por ejecución), y La cacería (La Chasse à courre, 1997). Este ciclo autobiográfico no es tanto un intento de  justificación ética de una vida que traspasó todos los límites como una declaración estética cuyo peso reside en su incuestionable calidad literaria puesta al servicio del más inexcusable odio hacia el ser humano.
"Imaginar que los pequeños detalles de la propia vida merecen ser contados es dar muestras de una bien mezquina vanidad. Tales cosas se escriben para transmitir a los demás la teoría del universo que uno lleva dentro." Cita de Ernest Renan incluida como epígrafe.
Es posible que por mala intención, por pereza mental, porque funciona como excelente excusa, o por una hábil combinación de todas, atribuyamos parte de nuestro carácter, sobre todo en el ámbito social, a la influencia de nuestros antepasados -exagerando hasta la extenuación, podemos incluir a aquellos que no conocimos-, cuando lo que deberíamos averiguar es la realidad o realidades a la sombra de las que hemos crecido y cómo la totalidad de experiencias del período formativo ha influido en nosotros. Renegar de los antepasados es el primer paso para alcanzar la autonomía psíquica personal.
"Heredé de mi padre la pereza, de mi madre su falta de equilibrio y su pasión, de mi abuelo Sachs la curiosidad y el amor por las letras, de mi abuela la frivolidad, un cierto buen gusto y una curiosa forma de egoísmo (la más dura) que es, en el fondo, una especie de indiferencia; y de todos ellos, la necesidad del lujo, del desorden, una vena de loco y gran robustez de esqueleto, de los órganos y del alma." 
El hecho es que la temprana sensación de ser diferente -pobre entre ricos, judío entre gentiles- provoca en Sachs, en lugar de la búsqueda de la aprobación de sus colegas, un exacerbado rechazo a la mayoría y la firme disposición a exagerar esa diferencia mediante una reactiva respuesta de diferenciación que la confirme. Enfrentado al mundo por características de las que no es directamente responsable, acepta el reto y combate sin importarle la derrota, revolcándose en el fango del fracaso y esperando llegar a la liberación por medio del autocastigo de forma parecida a los mártires cristianos, esos masoquistas a quienes el castigo elevaba a su máxima realización y que, por tanto, jamás abjurarían de su fe, pues la mortificación había devenido su alimento espiritual.
"Hijo maldito de la hija maldita de la rama maldita de una familia sobre la que pesaba la doble maldición del divorcio y de la ruina, estaba sediento de nuevas maldiciones."
En el otro extremo, en el papel de contrapeso para equilibrar la balanza, se halla el descubrimiento del arte, esa factura exclusivamente humana que eleva al bípedo erecto a la cúspide del reino animal, esa creación inútil desde el punto de vista evolutivo pero fundamental en el desarrollo del homo sapiens y que es el único intento conseguido de contacto entre la humanidad y la naturaleza, la única transcendencia posible no condicionada por la moral ni reprobable éticamente, el único indicio de libertad plena del ser humano. Cómo compaginar ambas ambiciones, la autodestructiva y la artística, es la tarea a la que Sachs dedica su vida. La falta de moral de personajes como el francés no se sustenta en el desconocimiento de las reglas de la interacción humana ni tampoco en un afán enfermizo por la transgresión, incluso ignorando las consecuencias y la motivación, digamos profunda, para subvertir el orden en que se basa la convivencia, sino en la consideración del acto inmoral como éticamente neutro, cuando no aceptable o, en su máxima expresión, digno. No se trata tanto de cometer actos inmorales o de ignorar el juicio moral sobre un acto concreto como de dotar de cualidad moral un hecho claramente punible: ni inmoralidad ni amoralidad, sino un paso más allá, desligando el concepto de moralidad de las nociones del bien y del mal, que podría denominarse transmoralidad.
"Nacido niño varón stop mal educado stop desgraciado stop abandonado familia stop entrado comercio viajó regresó conocido gente stop echado a perder arrepentido entrado seminario stop salido seminario militar licenciado stop busca el orden." 
Si bien la educación de un joven y la forja de su carácter son procesos que se alargan en el tiempo y que vienen condicionados por multitud de factores -entre los cuales, el propio y aparentemente neutro devenir no es de los accesorios-, es probable que exista un hecho, una fecha, una coincidencia a partir de los cuales se pueda considerar que el camino tomado es la primera manifestación de un nuevo ser que surge de la indeferenciación y al que se podrá atribuir una conciencia  unitaria y cerrada; es decir, la manifestación de un individuo concreto suficientemente indemne al posterior paso del tiempo y a la posibilidad de afectación de cambios fundamentales.
"El Maurice Sachs que dejó lamentables recuerdos en muchas memorias (y algunas buenas impresiones en otras, y una mezcla de bien y de mal por algún sitio), el Maurice Sachs turbio, huidizo, amigo de tejemanejes, borracho, pródigo, desordenado, curioso, afectuoso, generoso y apasionado, ese Maurice Sachs se ha ido formando siempre un poco a mi pesar, pero con mi complicidad, y ha dado lugar a ese personaje a veces repugnante, con frecuencia afectuoso, al que doy tanta importancia porque, a fin de cuentas, soy yo, ese Maurice Sachs al que desde entonces apaleé, humillé y del que me alejé, y al que luego animé para hacerlo mejor, del que intenté canalizar los peores defectos y desarrollar las cualidades, ese hombre al que nunca (porque me era más querido que ningún otro) renuncié para encontrar la dignidad humana con su cortejo de virtudes, ese hombre que no lleva mi verdadero nombre, pero del que ya no puedo cambiar su estado civil para darle el mío, porque ya habíamos hecho demasiado camino juntos, ese Maurice Sachs del que espero que con la mano que es la suya y la mía escriba en estas páginas la confesión que cierra un ciclo de nuestra vida, data realmente de aquellos primeros días del año 1922, cuando volví de Inglaterra."
A los dieciocho años Sachs conoce al hombre que ejercerá la mayor influencia en su vida, Jean Cocteau, y es seducido al instante por su mezcla de localismo y cosmopolitismo:
"Siempre estaré en deuda con Jean Cocteau, pues fue el primero en hacerme experimentar esa profunda voluptuosidad del alma en la que se mezclan la amistad, el sentido religioso, la devoción por lo bello y la veneración por la grandeza, que son una especie de amor que sólo puede florecer en nosotros a una cierta edad, pero que en esa edad es más necesario que el agua y el pan, fervor sin el que la juventud no merece la pena ser vivida";
Cocteau está en el cenit de su gloria y Maurice tiene la edad adecuada para rendirse a los pies de lo que aquél representaba. Es cierto que posteriormente percibió con claridad sus sombras, pero efecto ya se había producido y la huella había quedado estampada:
"En definitiva, ¿qué aprendimos con él? No mucho, sólo algunas palabras de un léxico que resultaba grotesco en cualquier otra boca que no fuera la suya. ¿Qué recuerdo guardamos de él? El de un espantoso ilusionista que sabía birlar los corazones y sólo devolvía un conejo."
También por mediación de Cocteau, cuya influencia en la juventud que le rodeaba era inconmensurable, Sachs conoce al Dios cristiano. Fanático de forma casi innata, vive una época de fervor religioso, aunque no tanto creyente, deslumbrado por la idea de un ser omnipotente, por la imagen de Cristo y, sobre todo, por la hagiografía cristiana y la historia sagrada: la parte mítica del cristianismo le conquista porque halla en ella la confirmación de parte de sus ideas sobre la impureza y la redención. Pero también el sentimiento de pertenencia a un grupo -¡con dos mil años de antigüedad!- en el que disolver la responsabilidad sobre actos e ideas individualmente cuestionables. Para una personalidad arrebatada y excesiva, el cristianismo, a diferencia del judaísmo, mucho más estático, es un excelente campo de juego.
"Yo no creía en Dios ni firme, ni agresiva, ni virilmente como hay que creer en Dios o en cualquier otro, yo me abandonaba a la idea de Dios, deliciosamente transformaba un quizás reflexivo en un voluptuoso probablemente."
Pero Sachs nunca hace nada a beneficio de inventario: es una cuestión personal de la que saca una enorme satisfacción desde una triple perspectiva: por haber sido admitido en su seno, por haber permanecido fiel el tiempo que se lo propuso y haber sacado de esa experiencia los beneficios privados que buscaba cuando ingresó -pasó una época en el seminario, aunque no está claro si fue por vocación o por huir de sus numerosos acreedores-, y por haber desarrollado la firme convicción, una vez fuera, de no regresar a la disciplina cristiana jamás.
"Espero, en efecto, no conocer nunca otro templo que el de la naturaleza, no adorar sino al sol, no venerar sino el clamoroso miembro que hace al hombre y el vientre profundo que lo lleva, no alabar a otro Dios sino al confuso e indeterminado que es la esencia de la vida material, pues la materia es todo el espíritu."
Y es que la misma convicción que aduce cuando habla de la paz, del retiro espiritual y del deseo de abstención sexual le sirve para echarse atrás en sus propósitos cuando llega, en unas vacaciones del seminario, la primera tentación.

Es cuanto menos curioso el placer y la recompensa que halla un sujeto tan individualista y misógino en organizaciones tan gregarias como el seminario y el ejército. Es cierto que la alta jerarquización libra al individuo de la responsabilidad en la toma de decisiones, que se diluye entre las órdenes de los rangos superiores y el sujeto colectivo de quien no tiene más tarea que obedecer, pero la predilección de Sachs parece motivada, ante todo, por las posibilidades de un homosexual en tales ambientes, así como por la posibilidad de disentir y desobedecer, mediante un complejo sistema de sobreentendidos y conductas equívocas, a una superioridad omnipotente pero difusa, como si se tratara de una competición consistente en transgredir las órdenes sin la posibilidad de ser reprimido por falta de pruebas, a pesar de ser posible una atribución indudable de la transgresión.

En el fondo, la relación de Sachs con su homosexualidad es altamente conflictiva: intenta ocultar bajo la máscara de una supuesta justificación metafísica una homosexualidad absolutamente instintiva y procaz; teoriza, en un fragmento que dedica a las mujeres, con la supuesta superioridad del amor inter pares, pero se muestra completamente arrebatado, sin que quepa aducir ninguna justificaciuón, ante la primera oportunidad homoerótica con que tropieza. Atribuye a las mujeres con las que ha mantenido relaciones sexuales una serie de carencias afectivas, morales e intelectuales que se guarda muy mucho de exigir a sus amantes masculinos. Aunque es cierto que las tres personas decisivas en la vida del joven Sachs fueron tres hombres: Jean Cocteau, Max Jacob y André Gide; y que no se trata únicamente, que también, de admiración, sino de una cierta búsqueda de aprobación de esos personajes públicos de notoriedad -a quienes, con toda seguridad, aspiraba a parecerse- con los cuales compartía más pretensiones personales que literarias, un espejo en el que le huibiera gustado verse reflejado.
"Nunca me sentí peor que cerca de Cocteau, nunca mejor que cerca de Gide (y sin embargo, y estas son las contradicciones del ser, estuve mucho tiempo empleado al servicio de Cocteau con la habilidad de que era capaz, mientras que nunca supe ser útil cerca de Gide)."
En su búsqueda de reconocimiento se traslada desde los notables hombres de letras, dado que Sachs parece sospechar que el acceso por esta vía le está vedado, hasta la sociedad del faubourg Saint-Germain, donde podrá añadir a la consideración profesional la notoriedad social de la rive gauche, donde existe la mayor concentración de guapos, ricos y famosos de nuevo cuño de todo París. Sachs no busca tanto un ascensor social para acceder a una sociedad, unas relaciones y unas maneras que le procuren grandes beneficios, sino hacer coincidir su situación en la escala social con la ambición natural de estar destinado desde su nacimiento a grandes alcances. Pero tampoco ese intento de trasvase tuvo éxito: el orgullo de Sachs no resistió el grado de servilismo que la alta sociedad exige a quien, desde otra posición de partida claramente inferior, pretende acceder a ella. Abandona, pues, el intento, pero con la clara determinación de triunfar socialmente por su suenta para poder vengarse con posterioridad desde una posición que habrá alcanzado sin necesidad de renunciar a su vanidad.
"En mi caso, me hizo el mencionado favor de animarme a escribir un libro, que nunca publiqué, pero que me sentó muy bien escribir. (¡Es extraordinario cómo la composición de una novela le vacía a uno de humores! Se sudan las amarguras exactamente igual que se transpiran las acideces al hacer gimnasia. Probablemente es por lo que todo el mundo escribe hoy en día: por higiene, nuestra época es la más higiénica que haya conocido nuestra civilización; pero una vez escritos, es recomendable no publicarlos, pues toda publicación genera nuevos humores.)
Y para satisfacer esa aspiración, cualquier camino, desvío o atajo son válidos: robo, estafa, engaños y abusos legitimados en nombre de un bien superior. El periplo hacia el éxito -secundario- y el reconocimiento -principal- de Sachs rinden destino hacia América, lugar en el que se dedica a gestionar una exposición y a dar una gira de conferencias sobre temas acerca de los cuales su competencia es más que discutible -pero que los norteamericanos sobrevaloran por provenir de la vieja Europa-. Tampoco obtuvo los frutos esperados esta huida, tuvo que verse desenmascarado como impostor y forzado a escapar de nuevo de regreso a Europa tras una desgraciada y falaz aventura matrimonial mal planeada y pésimamente materializada. El regreso a París, en compañía de un amante americano, no significa más que volver a la situación altamente precaria que dejó atrás cuando viajó a América, a pesar de los nuevos sablazos a los amigos y conocidos y al empleo en la Nouvelle Revue Française que le consiguió André Gide.
"Es agradable, cuando se sale de la prisión de un vicio -de una locura o algo así- y cuando se sabe que la libertad sólo serviría para, de nuevo, lanzarle a uno a esa espantosa cárcel - es agradable ser prisionero de la razón."
Pero Sachs no parece hecho para la estabilidad; la holgazanería, el dispendio constante, la prodigalidad y la recaída en el alcoholismo siguen condenando cualquier propósito de enmienda, y las contadas oportunidades para enderezar su vida acaban invariablemente fracasadas.
"¡Curioso testamente el de este libro! Un pobre libro que describe a un personaje bien miserable. Me hubiese gustado retratar otro hombre: un ejemplo a seguir y no a evitar. También me hubiese gustado que el trabajo literario hubiese sido superior, oculto entre las preocupaciones del artesano. Pero todo me ha fallado. He fracasado en todo. ¿Esta obrita podría escapar a mi destino? ¿Me liberaré de la mala suerte? Quizás sólo me vaya para intentar, de nuevo, escapar a la ronda infernal del sabbat."
Alta literatura para estómagos resistentes.

Calificación: ****/*****

2 de diciembre de 2016

Luces del norte

Luces del Norte. Antología de ciencia ficción finlandesa. Osuuskumma, 2016
Varios autores. Varios traductores. Edición de Magdalena Hai y Anne Leinonen
Por más que el finés sea un idioma con pocos hablantes, su literatura puede hacer gala de un músculo que la dejaría en igualdad de condiciones frente otras lenguas de más difusión. En su origen, las historias que componen el Kalevala, recopiladas de la tradición oral del folklore finés, ya poseen, de forma parecida a los cantares de gesta, abundantes dosis de mítica y fantasía; en la actualidad, el vivero de autores de literatura fantástica juvenil parece inagotable; con esos antecedentes, no resulta extraño que una joven generación de escritores contemporáneos se hayan lanzado a la literatura de ciencia ficción, especulativa y fantástica, claramente deudora de la tradición pero mezclando los tópicos de los géneros citados con otras corrientes más recientes, particularmente el retrofuturismo y el steampunk.

Luces del Norte es una excelente muestra, editada por una cooperativa finlandesa que agrupa a los propios autores directamente en castellano, de por dónde anda la máquina de vapor de la ciencia ficción suomi. En ella podemos encontrar a un autómata a vapor y cuerda que sustituye a una novia despechada asegurando un amor eterno del que es imposible zafarse; un extraordinario piano de cola que "armoniza" a sus propietarios; un extraño gremio de recopiladores ambulantes de leyendas que llevan sus relatos de aldea en aldea; una bicicleta que anda sola con una extraña predilección por las telarañas; el rescate de un pecio de un navío pirata del siglo XVIII que despierta la ambición del cazatesoros por un candelabro homicida; una investigación sobre la longevidad en las ballenas que lleva al descubrimiento de extrañas localizaciones submarinas; la construcción de una nueva máquina a vapor con funciones de regla de cálculo infinita capaz de responder a todas las preguntas; una pugna entre chamanes en horas bajas que se resuelve con la más terrenal de las soluciones; y el por qué la inmortalidad puede llegar a ser una carga insoportable cuando no pueden escogerse las condiciones.

Autores incluidos en la antología: Magdalena Hai, Janos Honkonen, Saara Henriksson, Taru Kumara-Moisio, Anne Leinonen, J.S. Meresmaa, Anni Nupponen, Sari Peltoniemi y Kari Välimäki.

Traducción y corrección:  Yasna Bravo, Outi Korhonen and Sergio Prudant Vilches, Clara Petrozzi, Tanya Tynjala, Laura Villella, Layla Martinez

Calificación: ***/*****

30 de noviembre de 2016

Fat City

Fat City. Leonard Gardner. Underwood, 2016
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Billy Tully, ex-boxeador, ex-promesa, vio cómo su vida se torcía cuando dejó los combates; desde que le abandonó su esposa, malvive en hoteles de tres al cuarto y saca el dinero para su supervivencia de trabajos ocasionales. A pesar de haber entrado en el circuito profesional, a sus veintinueve años siente que está acabado, aunque mantiene la esperanza -la ilusión- de poder reactivar su carrera no tanto para recuperarse deportivamente como para restablecer todo aquello que le acompañó en sus años de éxito. Pero el alcohol y la mala vida han dejado su huella hasta tal punto que ni siquiera es capaz de convencerse que el remedo de entrenamiento al que se somete en una mierda de gimnasio suburbial sirva para algo más que para mantener viva la ilusión del regreso al ring. De hecho, la intención de mejorar económicamente, de dejar de beber, de volver a entrenar duro, siempre se ve "afectada" por circunstancias ineludibles, como si fueran fruto de una conspiración lo suficientemente poderosa como para llevarse por delante cualquier propósito de enmienda; ese fatum al que no se puede combatir en el cuadrilátero, sin embargo, es el que acaba noqueándole día tras día. Ernie Munger, un joven de diecinueve años a quien se le notan cualidades innatas para el boxeo y que, a diferencia de Tully, se encuentra en pleno viaje de ida, prueba en un gimnasio y despierta el interés de algunos avispados mánagers, atentos a cualquier oportunidad de hacer negocio con el primer pardillo con una buena izquierda que caiga en sus manos. Ernie puede ser uno de ellos si se le saben organizar algunos combates y se le ata corto en el gimnasio: ¿quién no cambiaría el poste de una gasolinera de mala muerte por la gloria del cuadrilátero? Rubén Luna es el tercer miembro del triángulo protagonista, el que cierra la figura, el que le da sentido: antiguamente vinculado al ring, cuando termina su jornada como estibador se dedica a la búsqueda de promesas, esperando alcanzar como secundario tanto el reconocimiento del que no disfrutó como protagonista como, por qué no, una situación económica más desahogada. Independientemente de su posición de salida, los tres, o aquellos a quienes representan, depositan en el boxeo la misma aspiración: un golpe de suerte. La búsqueda de este golpe de suerte es, en esencia, la trama de Fat City (Fat City, 1969), una de las novelas emblemáticas de la literatura de boxeo con la que la nueva editorial Underwood comienza su primer asalto.

Las urgencias de la vida no se detienen ante nada, no saben de vocaciones ni de aspiraciones. ¿Qué les mantiene en pie, entonces? ¿Por qué siguen luchando? Porque creen que el destino les tiene reservado un golpe favorable; de hecho, a veces la vida no les parece sino una sucesión de golpes favorables, lo malo es que, a pesar de su incipiente apariencia, ninguno es el definitivo; pero no cabe preocuparse demasiado, será el próximo, seguro; solamente es necesario librarse de esa fatalidad sin límite, insistente, terca, responsable de todos los males.

Envolviendo una trama cuya intriga es mínima -los antecedentes de los personajes, el desarrollo de la acción y el trayecto lector a través de otras obras relativas a la temática boxística, sin olvidar el cine, dejan pocas posibilidades para la sorpresa-, Gardner echa mano de su oficio en las descripciones de las diversas tesituras a las que enfrenta a sus protagonistas y, sobre todo, en el manejo del ritmo de cada escena; por ejemplo, ralentiza y dilata las escenas con los mánagers y acelera cuando relata un combate, como si quisiera pasar por alto esa circunstancia y dar solamente la información precisa para seguir la historia que le interesa, la que no se desarrolla en el ring, y dejando claro que el verdadero boxeo es el que se practica fuera del cuadrilátero.

A diferencia de otros autores del sub-género, para quienes la descripción de la sordidez se realiza siempre a través de la economía de estilo, de un método elemental y cortante, Gardner se recrea mediante la utilización de descripciones detalladas y en un tono culto y depurado -que el traductor convierte en un castellano académico- que trasciende las plantillas y los clichés del género para, como todas las buenas novelas, poder ser considerada gran literatura sin etiquetas.

Calificación: ****/*****

Bonus track:
John Huston rodó una estupenda película, Fat City (1972), con guion del propio Gardner, basado en la novela.

28 de noviembre de 2016

La bella Annabel Lee

La bella Annabel Lee. Kenzaburo Oé. Seix Barral, 2016
Traducción de Terao Ryukichi
"It was many and many a year ago,
In a Kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of Annabel Lee;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me."
Annabel Lee (1849), Edgar Allan Poe
Kenzaburo, escritor japonés, Premio Nobel, y un conocido, Komori, productor de cine y de programas televisivos, se reencuentran después de treinta años, cuando estuvieron participando, junto con Sakura, una actriz que debe su fama a su época infantil, en la planificación de un rodaje. Esa amistad a tres bandas, vista desde tres momentos concretos, la infancia de la actriz y del narrador protagonista en la época en que ella rueda una adaptación cinematográfica del poema de E. A. Poe; el proceso de producción de la película con que Japón debía contribuir al segundo centenario del nacimiento de Heinrich von Kleist, basada en el Michael Kohlhaas, que Sakura debía protagonizar; y la reanudación de la relación en la actualidad, con objeto de rodar una adaptación de La batalla de la Madre de Meisuke, una obra teatral cuya trama cita Oé en otra de sus novelas, Muerte por agua (2014), que la madre de Kenzaburo dirigió en plena posguerra, con más que evidentes conexiones con Michael Kohlhaas, y que también debía protagonizar Sakura; y el propio proyecto, los vínculos personales que se establecieron, particularmente con respecto a la actriz, es el tema en torno al cual gira el argumento de La bella Annabel Lee (2007).

El conocimiento entre Kensaro y Sakura se remonta a la época de estudiante de aquél, cuando visiona la película basada en el poema de Poe cuya protagonista, una preadolescente de diez años, es Sakura. Esa filme, concretamente su escena final, ha provocado en la actriz una pesadilla recurrente, que no sabe discernir si fue debida a un sueño o a una experiencia real, que ha marcado su vida posterior hasta extremos intolerables. De hecho, la película fue dirigida por su tutor -Sakura era huérfana de guerra-, un oficial norteamericano que después se convirtió en su esposo, y contenía alguna escena sexualmente explícita, que se rodó previa anestesia de la actriz-niña, que no figuró en la versión final.

Oé, Premio Nobel de Literatura 1994, es tal vez el más occidental de los escritores japoneses contemporáneos; a pesar de que la localización de sus novelas se ubique en las islas y que sus personajes sean inequívocamente nipones, su estilo, la forma, remite claramente a Occidente. En el caso de La bella Annabel Lee, se registra una particularidad esencial: el narrador va contando la historia reproduciendo los diálogos sostenidos con los personajes implicados en ella, aportando únicamente comentarios ubicados en el presente, como si abriera paréntesis explicativos; el propio protagonista ofrece una explicación de su método para abordar el guión que se le encarga, que es a la vez el modo como está escrito La bella Annabel Lee:
"Carezco de conocimientos cinematográficos. Sólo estoy aplicando al guion, un género desconocido para mí, el método que he venido perfeccionando en mi trabajo como escritor y novelista. Mi método consiste en imaginar primero una escena clave que sirva de núcleo de la obra que quiero emprender, y luego mover en planos concretos tanto a los protagonistas como a los personajes secundarios para obtener un relato verosímil."
Ese fraccionamiento, no obstante, no conduce a que todo el abanico de historias que componen la trama tejan vínculos interdependientes entre ellas -de hecho, lo único que poseen en común es que son relativas a los protagonistas-, sino a un cierto anidamiento, conteniéndose las unas a las otras y relacionándose mediante ciertos puntos en común, ciertas áreas de intersección que, sin embargo, no alteran su naturaleza, de modo parecido a como varios motivos musicales aparecen en la obertura de una ópera, pero este hecho no altera su presentación posterior.

Varios son los temas, más allá de la trama propiamente dicha, que subyacen en La bella Annabel Lee. Por un lado, la discusión acerca de en qué medida afecta la ética de una determinada época histórica a la obra de arte: ¿podría publicarse hoy en día en todo el mundo Annabel Lee sin levantar polémica y las iras de las facciones de la crítica sectaria? Miramos con la condescendencia que se apoya en la supuesta superioridad moral a ciertos países que han prohibido la publicación de Lolita, pero ¿estamos seguros de que se pudiera publicar sin reparos si fuese escrita hoy mismo? La corrección política ¿no será, al final, una limitación a la libertad? ¿En qué medida la sobreexposición no es un acicate para las actitudes sectarias? Pero también está presente la otra cara de la moneda, la actitud de los vencedores de todo conflicto con respecto a los vencidos, la consideración de tierra quemada de los territorios conquistados, el abuso a mujeres y niños como demostración de la supremacía del ganador, aspecto que reflejan tanto Michael Kohlhaas como La batalla de la Madre de Meisuke.

Cada libro de Oé provoca en el lector la extrañeza del neófito; envuelto en una trama engañosamente elemental, su punto de vista, con la complejidad de lo múltiple, es capaz de desafiar la comprensión hasta el punto de que la lectura resultante abre numerosas posibilidades de interpretación. Oé, tal vez por su procedencia cultural, tal vez por su inmenso talento, puede que aun no comprendido del todo, es un autor de difícil comparación con sus colegas occidentales contemporáneos: cuando el lector tiene la convicción de haberse situado en la historia, un leve giro, a menudo representado por apenas un comentario de un personaje, por un silencio donde debería haber ruido o por el sonido que rasga el silencio esperado, o por la finalización en suspenso de un párrafo, le obligan a replantearse todo lo que lleva leído y creía haber asimilado a la luz de esa nueva revelación. Esa lectura múltiple y la sensación de inabarcabilidad es una de las razones por la que la literatura del japonés emana ese halo de excepcionalidad.

Calificación: ****/*****

25 de noviembre de 2016

Por último, el corazón

Por último, el corazón. Margaret Atwood. Salamandra, 2016
Traducción de Laura Fernández
Stan y Chermaine son una pareja joven que duermen en el coche, arruinados por la crisis, cuyas esperanzas para tener una vida normal de esfumaron cuando perdieron su trabajo y su casa; sacan el dinero, poco, de donde pueden, aunque se resisten al que podría proceder de actividades ilícitas, a pesar de que el hermano de Stan, que está metido en asuntos no turbios, les ayuda esporádicamente. Cuando más desesperada parece su situación, les llegan noticias de que una organización, Consiliencia, propietaria del proyecto Positrón, está buscando voluntarios para participar en un experimento social consistente en recluir a una cierta cantidad de individuos en una colonia experimental para llevar a cabo una alternativa a la vida degradada en la que gran parte de la población se ha visto envuelta. El experimento consiste en mantener a la mitad de la población de su ciudad disfrutando de la vida de clase media que han perdido durante un mes, y el mes siguiente recluirlos en la prisión del complejo trabajando para mantener el sistema; cada pareja tendrá otra pareja Alterna que invertirá los períodos, de modo que tanto la población reclusa como la que disfruta de su mes de libertad siempre será la misma.

"Consiliencia = Concesión + Resiliencia
¡Entregamos tiempo en el presente, ganamos tiempo para nuestro futuro!"

En realidad, Consiliencia es una organización de carácter sectario dedicada a la ingeniería social, adscrita al ideario poscapitalista de individualismo estricto y ultrarreligioso, aunque aconfesional, y que, naturalmente, tiene su lado (más) oscuro, más allá de la manipulación y las técnicas de control social. El paradigma inicial es que la iniciativa privada -los poderes públicos hace tiempo que han perdido su oportunidad, revelándose inútiles e ineficaces- debe tomar el control para detener la deriva en que ha caído el mundo civilizado, amparando y facilitando un nuevo diseño de la trama social real: la libertad es un bien preciado pero que las circunstancias no permiten disfrutar, y las prisiones pueden ser centros de rehabilitación real pero también fuentes de riqueza; Consiliencia es el paradigma para, combinando ambas hipótesis, proporcionar a los participantes "una vida con sentido".

Sin embargo, y a pesar de la estricta planificación, ambas situaciones conservan vestigios de lo que serían si no estuviesen intervenidas: la naturaleza humana, con sus virtudes y, especialmente, sus defectos, aflora tanto en prisión como en el exterior, y el control, por más férreo que sea, puede contener esas pulsiones pero no puede erradicarlas. Charmaine, que mantiene una relación prohibida con su Alterno, es descubierta; aparte de la infidelidad, ha transgredido varias normas, y ha puesto al descubierto una de las estrategias principales de la Organización: la laxitud con que los dirigentes trataban a los huéspedes era sólo una ilusión para que pensaran que no había vigilancia y para que se relajaran en el cumplimiento de las normas a fin de poder atraparles con más facilidad: la represión leve es más efectiva que la prohibición constante; incluso la duda entre si de ha transgredido la ley o no es más efectiva que una legislación estricta. Es ante estas muestras de disonancia que los huéspedes pueden llegar a plantearse la cuestión principal: si se les facilita una vida aparentemente libre, con trabajo, comida, bebida, sexo, y con las necesidades primarias cubiertas, ¿dónde está la trampa? 

Como toda ideología totalitaria que se precie, la Organización tiene un recurso que ha probado suficientemente su utilidad, el eufemismo: el mismo control, la programación, los castigos -que incluyen la pena de muerte para aquellos casos irrecuperables bajo el principio de separar las manzanas podridas para evitar que malogren el resto- son redefinidos mediante nombres neutros descargados de su significación original. Otra táctica, tomada prestada de los regímenes totalitarios, es la de la amenaza exterior: la Organización advierte de intentos de sabotaje informativo contra Consiliencia, es decir, emplea la táctica de desvelar un reto externo para compactar mejor al grupo y, de paso, justificar algunas medidas represoras; la Organización no puede permitirse desafíos a su orden social. Sin embargo, sí existe una amenaza real: uno de los fundadores mantiene contacto con el mundo exterior para denunciar algunas carencias de Consiliencia; esa conspiración interna es la responsable de los extraños  sucesos que acaecen a Stan, lleva planificándose mucho tiempo, e implica a los principales protagonistas.

La sociedad que muestra Por último, el corazón es una variedad de la sociedad del simulacro: la sustitución hecha norma, el eufemismo llevado a lo tangible. El modelo más explícito sea tal vez la política oficial de la Oganización con respecto a los robots, los prostibots, un simulacro de compañeros sexuales que se intenta que se parezcan a los humanos -se puede incluso escoger el parecido, siendo los más demandados las réplicas de Elvis Presley y Marilynn Monroe- pero sin las complicaciones de éstos, y destinados a satisfacer unas necesidades específicas. Y así hasta llegar al mayor de los simulacros: la creación de una realidad alternativa que primero es impuesta pero después va siendo adoptada gradualmente por la población, parecería casi voluntariamente, y que llega a sustituir a aquélla; al final, la verdadera resistencia es reivindicar lo real.

Atwood, autora de una obra contrastada, alguna de temática parecida, posee un completo dominio del ritmo narrativo; la forma escogida para materializar ese efecto es el uso de la dilación y la espera cuando el episodio está a punto de concluir mediante diferentes recursos: las especulaciones de los protagonistas anticipando posibles consecuencias de sus actos bajo el recurso de "qué pasaría si...", la descripción detallada de alguno de los procedimientos internos de la Organización o las entrevistas con los gestores. Atwood maneja la intriga con mano firme; la novela es una muestra de oficio desde cualquier punto de vista, y la variedad de registros la convierte en un modelo incuestionable de novela bien planteada y mejor desarrollada. La trama avanza y se detiene, como si dudase, se enrosca sobre sí misma, y cuando parece a punto de agotarse, abre argumentos secundarios que avanzan al unísono o, gracias a una hábil sucesión de capítulos, y una vez dispersas, vuelven a unirse gradualmente hasta regresar a la trama principal, con todos los cabos atados, preparándose para un final no conclusivo que deja al lector atónito.

Si Por último, el corazón es desasosegante es porque Atwood tiene la habilidad de convertirla en una réplica de la sociedad real -o en una visión de futuro de hacia dónde se encamina-, en la que todos somos ciudadanos con plenos derechos, reconocidos legalmente, pero también prisioneros, o rehenes, de las convenciones, de las deudas o de nuestras esclavitudes privadas. Atwood retrata a la perfección el ambiente general de desesperanza y desolación, con cierto carácter postapocalíptico, con barrios arrasados por la crisis, delincuencia residual e individualismo extremo, y se sitúa temporalmente en un futuro indeterminado, al más puro estilo ballardiano.

Una distopía es tanto más terrorífica cuanto menos especulativa -y vuelvo a Ballard, el maestro indiscutible del género-, cuanto más similar a la nuestra sea la sociedad que describe, cuanto más cercano a nuestros días sea el futuro previsto; cuantos menos sean los intervalos que nos separen, más aterradora. Es la inquietud que proporciona la posibilidad de que lo que se describe sea posible; es decir, con altos visos de verosimilitud.


Calificación: ****/*****

23 de noviembre de 2016

Campo de batalla

Las verdadera y efectiva guerra contra una ideología no se libra desde las trincheras de otra sino en el campo abierto de la razón.

21 de noviembre de 2016

Éxodo

Éxodo. Lars Iyer. Pálido Fuego, 2016
Traducción de José Luis Amores
“Estamos aquí para irnos.”
W., un personaje acerca de cuya identidad podría especularse casi indefinidamente -aún cuando esa inicial parece facilitar pistas que igual sirven solamente para despistar al lector-,  expulsado de la Universidad pero readmitido a la fueza debido a un tecnicismo legal; y Lars, su inseparable acompañante, que comparte con Iyer, entre otras cosas, el nombre de pila, marchan en esta tercera entrega a realizar una gira de conferencias por Reino Unido para conmemorar la definitiva e irrevocable desaparición de las Humanidades de las universidades británicas. La Filosofía es una disciplina inútil que debe esfumarse de los programas de estudios para dejar sitio a los conocimientos útiles, prácticos, a la economía y a la tecnología. La Universidad, esa institución benéfica de los tiempos de abundancia, con su espejismo de igualdad, debe reciclarse para pasar de formar ciudadanos a fabricar súbditos y, llegados los tiempos de escasez, buscarse socios privados que la sostengan, la dirijan y bajo cuyo mecenazgo se adoctrine a las élites destinadas a sucederlos.
“El cadáver de la universidad flota bocabajo en el agua, eso es lo que siempre le digo, dice W. Nosotros lo empujamos con palos. Ninguno de los dos se lo puede creer. ¿De veras está muerta, la universidad?, me pregunta W. ¿De veras ese cuerpo hinchado y de rostro azul es su cadáver? Sí, está muerta de verdad y ahí flota, bocabajo, le digo. De nada sirve fingir lo contrario, ya no. La universidad ha muerto y ese es su cuerpo.”
Alumnos sobreentrenados en tareas competitivas, espoleados para progresar indefinidamente, excitados por el olor del éxito y persiguiendo inasequibles al desaliento la excelencia, habrán perdido la capacidad de degustar el sabor de la derrota, a lucir el aura del vencido, a recorrer el peregrinaje de la pérdida, a degustar la poética del fracaso. Atléticos y anabolizados, sobrealimentados, sonrosados como el culo de un mandril, llamarán a nuestras puertas, no, las echarán abajo sin llamar, y se colarán en nuestras estancias como la humedad, como las ratas, para ocupar nuestros sitios, tomando el timón para la irrastreable singladura hacia el futuro. Perfecto.
“Los tiempos están cambiando, dice W. Toda una época termina. Su temor es que seamos nosotros sus enterradores, dice W. Que el foso que hemos cavado para nosotros -el desastre de nuestras carreras, la ridícula pose de nuestras vidas como pensadores- sea la sepultura en la que la filosofía sea depositada… Platón se revuelve en su tumba, dice W. Kant da vueltas como un trompo en su tumba. ¿Vio Cohen lo que se avecinaba? ¿Lo vio Cassirer?”
Todos los ataques a la Humanidades han sido entablados porque diversos, aunque coincidentes en los fines, agentes las han considerado un enemigo a batir. Siendo así, las Humanidades han desplegado sus ejércitos, diseñado sus estrategias, y planteado batalla. Este último ataque, el definitivo, sin embargo, no se ha proyectado desde la hostilidad manifiesta sino desde la desconsideración, relegándolas al campo de la irrelevancia; y contra esa acometida no existe defensa posible. W. especula con que tal vez la única protección sea la autodestrucción, y que la Filosofía vuelva a las calles desde donde una nueva generación de pensadores cínicos puedan escupir al poder, siempre que sean capaces de encontrarlo personalmente.
“Pensadores con mentes como cepos de acero.”
Mientras tanto, en el mundo exterior, la desolación se adueña de todo lo existente; no es la destrucción, pues ésta ya ha tenido lugar, es un paso más allá, porque los cascotes ya han desaparecido, cubiertos por una capa del polvo de la irrelevancia, y la ignorancia ha rellenado, en un avance lento pero constante, los antiguos socavones. En la pausa de una conferencia en Manchester, mientras W. deja el atril a Lars, el silencio de la sala queda roto por el pitido de un vehículo de la construcción maniobrando en la calle: el signo de los tiempos, una conferencia crítica con el capitalismo interrumpida por la máxima expresión de éste, la construcción desenfrenada, el epítome de la especulación:
“¿Siguen construyendo?, dice W. Siempre, le digo. Noche y día. Ahora están empezando una nueva excavación, le cuento. Los sótanos ya han sido cavados -muy profundos, casi hasta el centro de la Tierra- y colocados los cimientos, le cuento. La estructura progresa, así como los encofrados y la maquinaria de elevación. Han cavado zanjas enormes para tuberías de servicio, en largas hileras, como fosas comunes…”
Ya no quedan ni siquiera grietas, testimonio mudo de que algún día incierto existieron paredes; las certezas han sido sepultadas bajo toneladas de relativismo, y los tiempos verbales que expresan pasado han sido borrados de los manuales de conjugación; incluso el presente se ha convertido en un tiempo ficticio que ha sido sacrificado en beneficio del único tiempo verbal que conjugaremos: el futuro perfecto.
“Estos no son nuestros tiempos, coincidimos. Pero, ¿de quién son? Son tiempos de inversores y financieros, concluimos, de promotores urbanísticos y especuladores. Tiempos de asociación público-privada y urbanizaciones cerradas. Tiempos de monumentos de palcos de acero al crédito. Tiempos de emprendedores mercantiles, que venden su alma al capital para recomprarla de inmediato.”
La nuestra no es una generación perdida sino una generación exterminadora: hemos decepcionado las esperanzas que nuestros antepasados pusieron en nosotros, de nuestros ancestros que vivieron y murieron con la certidumbre de que podía mejorarse la vida en este mundo y de que nosotros estábamos, por primera vez en la Historia, preparados para llevarla a cabo; amputaremos las posibilidades a nuestros descendientes, legándoles una civilización agotada asentada en un mundo esquilmado e inerte. La desertización de la naturaleza no es más que el síntoma externo de la desintegración del pensamiento, la unificación de lo peor, la nivelación por lo inferior. La pérdida de la biodiversidad nada más que la sustitución del razonamiento por las consignas: el fin, sin remisión posible, el escape inviable.
“La idiotez no es absoluta, dice W. Hay clases de idiotez. Tonos de idiotez. Su idiotez deleuziana es muy distinta de su idiotez rosenzweigiana, dice W. ¡Muy distinta de su idiotez kierkegaardiana! ¡W. experimenta los límites del pensamiento de manera distinta con cada filósofo que lee! ¿Y no es esa la única razón para leer?, dice W.: ¿experimentar tus límites de otro modo? ¿Experimentar tu idiotez?”
El capitalismo salvaje no es solamente un cambio de era, es también un cambio de paradigma:
“Estamos en los inicios de una nueva era, dice W. Una era resplandeciente. Una era de acero y ventanas. Y vendrán hombres y mujeres de esa nueva era, más altos que nosotros, de ojos brillantes y dientes blancos. Más altos, más esbeltos, con mejores conjuntos de habilidades.”
La evolución natural comete a veces errores en forma de callejón sin salida, como el caso del dodo, felizmente desaparecido, o del ornitorrinco, híbridos monstruosos sin ninguna finalidad evolutiva. La evolución social, en cambio, hábilmente corregida y redirigida, posee un cometido inexcusable: la supervivencia del más capaz, de aquel que puede realizar valiosas aportaciones a la preservación y al progreso de la clase a la que pertenece con el fin de alcanzar un próspero y brillante futuro. Perfecto.

Contra esa conspiración de las élites utilitaristas sólo cabe oponer la lucidez del demente. No es que un demente -como un niño o un borracho, como reza el dicho- diga siempre la verdad, es que es el único capaz de alcanzarla. ¿Pues qué han sido todos los grandes filósofos, desde los presocráticos, los primeros, hasta los situacionistas, los últimos, sino dementes a causa de su clarividencia? No se puede pensar y conservar la serenidad sin una pizca de locura en forma de inadaptación, de marginalismo. Sólo el loco puede alertar con libertad acerca del porvenir sin suicidarse inmediatamente, sólo el vate puede profetizar el apocalipsis sin pactar, sea con Dios, sea con el Diablo, la salvación individual. Tampoco la religión nos va a salvar del Apocalipsis, Dios dejado en manos de los verdaderos instrumentos de poder, sean órdenes mendicantes o altas jerarquías del Vaticano; su omnipresencia repercute negativamente en su función supervisora, y la dispersión de las confesiones religiosas impide la concentración de esfuerzos. No será ninguna de estas la razón de su supervivencia, a diferencia de la Filosofía, sino su capacidad de plagio, su camaleonismo y la insistencia por mantenerse siempre al lado del poder, lo ostente quien lo ostente. El loco “abre la mente demasiado”, no está sujeto a religión, la autoridad ni a los prejuicios, de ahí su peligrosidad para el sistema. En el mismo pozo en el que el cuerdo ve un agujero negro, impenetrable y letal, ve el loco la brillantez del futuro. Imperfecto.
“Hubo un tiempo en que W. pensó que había una especie de libertad en nuestra ligereza. Que la bufonería era una especi de liberación, una evasión de la falsa gravedad. Al menos no éramos pomposos: ¿no es eso lo que se decía? Pero ahora sabe que la inanidad no tiene fin, que es como deslizarse como el hielo, dice W. Que no hay fricción, nada que te detenga… y que hace tiempo que hemos dejado atrás a nuestros amigos (a los amigos de W.) en nuestro deslizarnos.”
El pensar ha dejado el campo libre al deducir, la actividad especulativa a la productiva; un razonamiento muestra su validez en función de su utilidad: la Tecnología ha suplantado a la Ciencia, la Sociología a la Historia, la Escritura a la Literatura y la Ética Aplicada a la Filosofía. La última gran época de la filosofía británica transcurrió cuando los filósofos empezaron a beber y a fumar, dejaron las islas y viajaron a París y al Mediterráneo, cuando se convirtieron en europeos; el sol, el mar y el vino les abrieron la mente, y les permitieron ampliar la perspectiva del pensamiento. Esa fue la última Época Dorada. Después regresaron a su niebla y a su lluvia, su cerebro se embotó, volvieron al provincialismo y a la introversión, desterraron cualquier destello de especulación intelectual, se insularizaron de nuevo, y de aquellos polvos vinieron estos lodos.
“Algunos escaparon. Algunos fueron a otra parte. Pero otros volvieron a caer en la britanicidad; cayeron en la asfixiante charca de la britanicidad. Se ahogaron, boqueando, faltos de aire, en Bretaña. ¿No habían visto demasiado? ¿No habían aprendido aquello de lo que carecían? ¿No tenían ahora una idea del gran pensamiento, de la gran política? ¿No habían estado sus cielos llenos de luz, llenos del fuego celestial?”
El regreso de la Filosofía sólo puede materializarse a través de la violencia; es preciso volver a lanzar adoquines a la policía, escandalizar a los biempensantes, atracar los reductos en los que se hace fuerte el capitalismo, pero, ¿quién comandará las huestes vengativas? ¿Los estómagos agradecidos de la Filosofía Académica, que comen de la mano de las grandes corporaciones? ¿Dónde están los situacionsitas de mayo del 68? ¿Sentados en un McDonalds, comiendo panecillos sin gluten y hamburguesas veganas, bebiendo Coca-Cola Zero y abjurando de los fumadores?

Pero aunque la Revolución tal y como la conocemos sea imposible, habrá que buscar nuevos campos de batalla, porque el enemigo no acude a la cita, la Política, la Economía y la Regeneración, los tres grandes adversarios de nuestro tiempo, ya no precisan luchar cuerpo a cuerpo, y sin enemigo no hay lucha ni posibilidad de triunfo: es, de nuevo, la condena a la irrelevancia; toda la preparación, la estrategia, la táctica, han sido inútiles. Y no podemos vencer por incomparecencia del adversario porque el arma que creíamos letal no sirve contra fantasmas. No nos queda más que rendirnos, retirarnos a lamer las heridas que no nos han infligido y desaparecer: ese es el exilio que nos han dejado.
“Nunca hemos vivido: W. está obsesionado con esa idea. ¡Nunca hemos vivido! ¡Nunca estuvimos vivos, ni siquiera un momento!”
La Escritura podría constituirse como el único antídoto contra la infección de la Utilidades, pero una Escritura que trascendiera las escrituras habituales -de las cuales serían un buen ejemplo los cementerios de elefantes edificados sobre los cimientos de las tesis doctorales, las comunicaciones académicas, las publicaciones en revistas especializadas y los papers-, que no consistiera solamente en poner negro sobre blanco un pretendido pensamiento; no debería ser su reflejo ni su materialización, sino una Escritura de pensamiento en acción, la mente retratándose a sí misma en el acto de pensar. Esa es una de las razones por las que la verdadera Filosofía no puede comunicar fielmente en toda su potencia, porque la expresión de un pensamiento, sea en forma oral o escrita, siempre da un resultado estático, fijo, ante la imposibilidad de reproducir la dinamicidad de la mente.
“No debemos tanto buscar ideas, dice W., como dejar que las ideas nos encuentren. No es cuestión de ‘esfuerzo mental’, sino de ‘aflojamiento mental’, dice.”
Si el pensamiento necesita movimiento, los peripatéticos tenían razón: nada mejor para pensar que caminar. Si cuanto más se anda más profundidad de pensamiento se puede alcanzar, la marcha continua llevaría al pensamiento total, y ya que no se puede andar en círculos, como los hindúes, porque en este caso no se hace más que pensar circularmente, el caminar en huida es la única alternativa posible: para escapar del presente de esclavitud, hay que tomar el ejemplo del pueblo judío: el éxodo.

Cuando el pensamiento ha agotado todas sus posibilidades, siempre queda la acción. Y después de que la acción de unos pocos muestre también su inutulidad, sólo queda la acción contra uno mismo, que no es un síntoma de la cobardía escapista sino el del compromiso personal bajo el paradigma de que si la sociedad nos ha condenado a la irrelevancia tampoco notará nuestra ausencia, como no sea ese Éxodo la manifestación de su fracaso -es decir, la misma razón que tiene la religión para abominar del suicidio y considerarlo uno de los peores pecados-.
“Catorce. Estupidez estúpida. Los estúpidos son invariablemente estúpidos en lo referente a ser estúpidos, dice W. ¡No tienen ni idea de su estupidez! Los demás ríen ante el idiota y éste se ríe con ellos. ¡Todo el mundo está riendo!, piensa. ¡Qué divertido! El estúpido no sufre realmente su estupidez, dice W. Deja que otros lo hagan por él.”
O tal vez ese éxodo no consista, realmente, en una traslación en el espacio -Egipto, Sinaí, Canaán- sino en un traslado en el tiempo, un regreso al tiempo de la tierra virgen no hollada por el hombre, a la naturaleza primordial con la intención de comenzar de nuevo y, con la experiencia acumulada, evitar los errores cometidos la primera vez. Aunque, en realidad, ese éxodo sería mucho menos numeroso que el del pueblo hebrero porque a día de hoy nadie querría abandonar el Egipto de la sociedad de consumo, de la estulticia y la hiperconexión, y apostar por el futuro incierto de una travesía del desierto de cuarenta años. W. sí se marcharía; Lars lo seguiría, pero no habría muchos más peregrinos. Sin embargo, no hay conservación sin movimiento, no hay progreso sin exilio, sin abandonar las comodidades domésticas y surcar los mares en busca de una nueva luz.
“¡Maldito sea el mundo!, dice W.. ¡Malditos sean nuestros tiempos!”
Lars Iyer concluye la estupenda trilogía sobre la asfixia de la razón, después de Magma y Dogma, con este Éxodo. Después de pasear a W. y Lars por Europa y Estados Unidos de América, los devuelve a las Islas Británicas para acompañar al sepelio de la Razón; un curioso periplo, teniendo en cuenta su lugar de procedencia, que termina con esa escapada justamente a su propio país, como si el único éxodo posible fuera el repliegue al lugar de origen, como si el único exilio realmente verosímil fuera, después de recorrer el mundo civilizado, el exilio interior. Pero no sólo la triple ubicación de los protagonistas justifica que Iyer haya abordado sus aventuras en tres novelas; es inevitable percibir una evolución -o involución- tanto en los personajes como en el tono a lo largo de la trilogía: lo que en Magma era franca sonrisa, se convertía en Dogma en una leve mueca, para revertir, finalmente, en Éxodo, en una sorprendente tristeza que sobrepasa el tono pretendidamente irónico. W. y Lars han ido perdiendo la esperanza, se han amargado, y han llevado con ellos al lector hacia la pista de despegue de ese futuro tan perfecto como inevitable. 

Éxodo es la escapada hacia la verdad por el camino de la caricatura; el sentido del humor -el cinismo es el sentido del humor llevado a su máximo exponente- descubre mejor y más rápidamente las vergüenzas del poder que el sesudo ensayo crítico, pero además limita la capacidad de respuesta del enemigo, desenmascara su estrategia, y ya no puede echar mano de la demagogia ni del sofismo; ni del propio sentido del humor, por supuesto: el poder carece de tal facultad.


La Trilogía respira un aire indudablemente bernhardiano que recuerda constantemente esa obra maestra que es Maestros antiguos; W. asume el papel del estricto y cascarrabias Reger, dejando para Lars, cuya presencia física no siempre se corresponde con presencia intelectual, el rol de Atzbacher. Las Humanidades adoptarían el papel de El hombre de la barba blanca, mientras que las autoridades académicas representarían a la perfección al staff artístico del Kunsthistorisches  Museum. Incluso en el caso de la forma se dan varias coincidencias, como el uso del discurso indirecto, “dice W.” es un recurso plenamente berhardiano, cuya utilización por parte de Iyer  siembra en el lector la duda acerca de la veracidad de las declaraciones de Lars. Sin embargo, no hay que dejarse engañar por la furibundez de W.; detrás de sus hiperbólicas diatribas se esconde la crítica más feroz; no se extrañe el lector que, en mitad de cualquier andanada dialéctica se le congele la sonrisa. Si Magma era un jab preparatorio que nos señalaba la distancia, y Dogma el uppercut al mentón que nos hacía relajar la guardia, Éxodo es el definitivo straigth-left que nos deja tirados en la lona. Un verdadero Manual de la Subversión.

Calificación: *****/*****

Otros recursos relativos a la Trilogía sobre la asfixia de la razón en este blog:
Notas de Lectura: Magma
Notas de Lectura: Dogma

18 de noviembre de 2016

Ciencia ficción rusa y soviética. Vol. I: del siglo XIX a la Revolución

Ciencia ficción rusa y soviética. Vol. 1: Del Siglo XIX a la Revolución. Nevsky, 2016. Introducción de James Womack. Varios traductores.
Obviando a los autores clásicos de la antigüedad cuyas obras podrían incluirse en la clasificación de ficción especulativa, la ciencia-ficción europea y, por inclusión, la rusa, empezaron su andadura a mediados del siglo XIX, coincidiendo con el comienzo del desarrollo científico y con la percepción  de que la ciencia contenía en sí misma el germen para ser una disciplina sujeta a evolución; lo que habían sido intentos aislados y anecdóticos se convirtió, por acumulación de títulos, en una corriente que desembocó en la configuración de todo un género literario.
"Con el cambio de los gustos había cambiado la concepción de la belleza, y con la transformación de la lengua se había esfumado el encanto convencional: las palabras sonoras, como un eco vacío, se habían apagado en el aire, y las imágenes se habían desvanecido como las sombras al aparecer los rayos del sol. Tan solo había quedado la altura de los pensamientos, la fuerza de los sentimientos, el hondo conocimiento del siempre constante corazón del hombre, el luminoso amor a la patria y la verdad sublime de la naturaleza; y la poesía meliflua, formada exclusivamente por palabras e imágenes, se había hecho añicos."
Los autores rusos que se adscribieron a este naciente género, a diferencia de los franceses y del mundo anglosajón, no fueron demasiado conocidos ni sus obras pasaron a formar parte de la literatura popular; es posible que el peso específico de los novelistas realistas en esa verdadera Edad de Oro de la literatura rusa relegara al desconocimiento a los que cultivaron la ciencia-ficción, pero tuvo también su parte de responsabilidad, de forma parecida a lo que sucedía en el resto de Occidente, la infravaloración de este tipo de novelas comparadas con la literatura realista.
"-¡Pues me encantaría creer en algo!- dijo Pavel, animado por sus palabras-. Creer algo en verdad, con inocencia y pasión, como describen en esos libros. Pero me lo robaron todo cuando aún estaba en la cuna. Me envenenaron con su cinismo. Ahota todo me sabe a cenizas. Cómo envidio a esas antiguas familias, con padres y madres, en lugar de ciudadanos numerados."
La idiosincrasia política rusa, tanto en el tiempo de los zares como en los albores de la Revolución de Octubre, señala otra diferencia fundamental en las obras de ciencia-ficción: el reflejo, la crítica o el enfrentamiento abierto con la situación política presente o futura, referencia que será fundamental en el devenir del género a partir del triunfo del bolchevismo. De hecho, existe una vaga pero interesante correlación entre la época histórica y la naturaleza de muchas de esas obras, la que relaciona a las producidas en la época zarista, que acostumbran a ser utopías que desvelan un mundo mejor, y las escritas en época pre-revolucionaria, que adquieren un carácter distópico nada esperanzador.
"Las ensoñaciones científicas de nuestro camarada al principio me provocaban una sonrisa;: pero las teorías se pegan, como la fiebre pútrida, y tal es el efecto de los estudios agudos o especiosos en una inteligencia humana débil, que precisamente las cabezas que antes que nadie alardean de incredulidad, habiéndose impregnado poco a poco de su principio volátil, se convierten en seguidores empedernidos y están dispuestos a defenderlas con fanatismo musulmán. Yo todavía discutía y sonreía cuando de pronto sentí que, entre tanta discusión amistosa, ese condenado alemán me había inoculado su teoría; que ésta se distribuía por todo mi cuerpo junto con la sangre y que se deslizaba por mis venas; que su calor se me había subido a la cabeza; que estaba enfermo de teoría."
En cuanto a los temas tratados, no difieren en esencia de los comunes del género, aunque es cierto que existen algunas particularidades locales que los distinguen del resto de la ciencia-ficción occidental.  La antología no sólo incluye una representativa variedad de autores sino también una diversidad de enfoques, que incluyen un humor tremendamente ácido, y una selección de temas que ofrecen una visión general de una exhaustividad muy interesante: un viaje en el tiempo a un futuro modélico de progreso científico y humano; un viaje a una región mítica, una shangri-la de la naturaleza exenta de la intervención humana, que ha seguido un desarrollo progresivo debido a su evolución natural sin ninguna alteración; el descubrimiento de un pasado común en el origen de todas las civilizaciones de la Tierra, extintas y supervivientes, y de la contribución de la paleontología al conocimiento del pasado; un intercambio epistolar entre dos corresponsales en un futuro lejano, después de un viaje en el tiempo de uno de ellos, entre diversos adelantos tecnológicos y con el ejemplo prestado por el pueblo ruso al frente de todos los avances sociales; un viaje onírico de alto tono didáctico a la Luna en el que se explica con todo lujo de detalles los efectos, al nivel conocido en la época, de la vida humana en el satélite; una distopía que, a pesar de estar fechada en 1906, anticipa la crítica al sistema comunista, a la colectivización y al pretendido paraíso en la Tierra que prometía el sistema soviético; la invención de una máquina azotadora de alumnos díscolos que no supera la fase de demostración; el apogeo y destrucción de la República Antártica de la Cruz del Sur, trasunto terrestre de la colonización de otros planetas, organizada en torno a un sistema colectivista y bajo un régimen dictatorial de apariencia democrática, que sucumbe a una epidemia de "contradicción", una variedad de disonancia cognitiva; y, finalmente, en el que es tal vez el mejor de los relatos, se muestra cómo el avance de la ciencia ha conseguido una sociedad modélica, y la medicina la inmortalidad, y cómo, al final, después de milenios de vida, los sujetos caen bajo el hastío vital, considerando el suicidio como única alternativa posible a la inmortalidad.
"-La vida eterna es una tortura insoportable... Todo se repite en el mundo, así de cruel es la ley de la naturaleza... Mundos enteros cobran forma gracias a la materia del caos, brillan, se extinguen, chocan con otros, regresan al estado de dispersión de la materia, y, de nuevo, cobran forma. Y, así, sin fin... Se repiten los pensamientos, los sentimientos, los deseos, los actos. Incluso es posible que la idea misma de que todo se está repitiendo nos venga ahora a la cabeza por milésima vez... ¡Es horrible!"
Autores incluidos en la antología: Faddéi Bulgarin, Ósip Senkovski, Vladímir Odóievski, Konstantín Tsiolkovski, Nikolái Fiódorov, Alexander Kuprín, Valeri Briusov y Alexander Bogdánov

Traductores: Vladímir Aly, María García Barris, Enrique Moya Carrión, Fernando Otero Macías y Marta Sánchez-Nieves Fernández.

Calificación: ****/*****

16 de noviembre de 2016

Tradiciones


A finales de los 80 estuve en una misión salesiana del norte de Tanzania, una misión que consistía en un cercado que protegía tres chozas: una que hacía las funciones de capilla, otra era un ambulatorio de asistencia primaria, y la última un pequeño hospital para unos pocos internos cuyas enfermedades pudieran gestionarse desde la misión y para partos. Aparte de la asistencia primaria para las numerosas tribus nómadas que pastoreaban cerca de allí, se encargaban de gestionar las diferentes campañas semi-gubernamentales –habría que discutir mucho sobre eso: las tribus nómadas eran un estorbo para ambos países, ya que no sabían de fronteras ni de límites, rebeldes por propia decisión, con lo que su adscripción a uno de ellos o el otro era una cuestión irresoluble que los gobiernos respectivos no tenían prisa en solucionar…- de vacunación y prevención para toda la variedad de enfermedades endémicas de la sabana de África oriental. El hecho de que fueran los salesianos los que gestionaran ese centro, aparte de que el estado tanzano no llegaba a cubrir esas funciones en un lugar tan remoto de cualquier ciudad –la más próxima estaba a más de sesenta kilómetros; había otra más cercana pero situada en territorio keniano y, en aquella época, las relaciones institucionales entre ambos países no eran muy fluidas- se debía a que el cristianismo era la "religión" extranjera mayoritaria en el país, y religión oficial junto con las creencias animistas tradicionales; de hecho, casi todas las personas tenían dos nombres, el swahili y el cristiano.
El elenco asistencial estaba compuesto por un médico y un enfermero pertenecientes a la congregación salesiana, ambos procedentes de Cádiz, dos enfermeros aborígenes, un intérprete que dominaba el masai, el swahili y el inglés, y una médico también tanzana. Ésta, una chica de veintipocos años, estaba efectuando una estancia temporal en la misión, y acostumbramos a sentarnos al fresco, los días que coincidimos, después de cenar para charlar sobre lo divino y lo humano, fundamentalmente de África y Europa. Me contó que había estudiado Medicina en los Estados Unidos gracias al programa para universitarios del gobierno: en Tanzania la educación primaria y algo parecido a nuestra secundaria era obligatoria y completamente gratuita, pero el Estado no tenía posibilidad de cubrir toda la demanda nacional de universitarios, principalmente debido a la dispersión geográfica de las pocas ciudades e innumerables poblados desperdigados por todo el territorio. La solución para esa disfunción era que, a los alumnos que destacaban por sus notas -el número era, necesariamente, muy reducido- se les mandaba a universidades extranjeras con todos los gastos pagados, con el compromiso de volver a su país por un plazo fijado a ejercer su titulación; una vez transcurrido, podían emigrar; este plazo contributivo con quien había corrido con sus gastos universitarios era el que estaba cumpliendo en aquellos momentos, pasado el cual volvería a los EE. UU., donde ya tenía trabajo comprometido en un hospital privado de la ciudad de Boston y, por lo que entendí, un chico, también tanzano y de su misma etnia, que le estaba esperando.
Cuando hablábamos del peso de las tradiciones en las culturas africanas, que yo tendía a maximizar con la ignorancia supina del extranjero, me confesó que aprovecharía su estancia en Tanzania para practicarse la clitoridectomía, una intervención que sus padres no quisieron que se le practicara en su día; ya tenía apalabrada la fecha con el consejo de mujeres de su etnia para que se la realizaran por el método tradicional, es decir, mediante una hoja de navaja mellada, sentada sobre la manta ceremonial, y sin ninguna garantía sanitaria. Por supuesto, me dejó estupefacto; sobrepasando la confianza que nos teníamos, me parece que incluso llegué a faltarle al respeto, le pregunté cómo una mujer universitaria, con un expediente académico brillante de su titulación en Medicina –precisamente-, una persona culta y vivida, absolutamente occidentalizada, aceptaba someterse a esa mutilación… Recuerdo que me miró con algo parecido a la compasión, y me dijo: “Tú no lo entiendes, tú eres europeo, tienes tu documento de identidad y tu pasaporte, y allí dice quién eres y de dónde eres, y eso te basta. Yo no necesito ningún documento para saber quién soy y de dónde soy, pero lo que sí necesito es ese sentimiento de pertenencia, para ser aceptada como uno de los míos pero sobre todo para aceptarme a mí misma, que solamente se puede conseguir con esa ceremonia."
De regreso a Barcelona, recuerdo que busqué información acerca de la ablación aquí -era la época de las primeras corrientes migratorias desde África-; me entrevisté con un cargo de la Cruz Roja local, que me comentó que era una ceremonia prohibida por la ley, pero que existía un piso, en los alrededores del Fossar de les Moreres, donde se toleraba su práctica. Pero esto es otra historia.