17 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo V. Levantar la mano sobre uno mismo

Levantar la mano sobre uno mismoJean Améry (Hans Mayer). PreTextos, 1999
Traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar
Continuación natural de Sobre el envejecer, Levantar la mano sobre uno mismo (Hand an sich Legen. Diskurs über den Freitod, 1976) retoma el concepto de Discurso -el subtítulo del libro es: Discurso sobre la muerte voluntaria- procedente de la literatura del Renacimiento, del Barroco y, particularmente, de la Ilustración, para redactar un texto en el que los argumentos subjetivos tienen preferencia sobre cualquier otra consideración científica, técnica o estadística. Se trata, por tanto, de un intento de mirada desde el punto de vista del suicida, del ser humano que opta por la muerte voluntaria -el propio subtítulo alude a ella-, y no de un tratado de "suicidiología". La calificación de "voluntaria" excluye, en principio,  los suicidios reactivos, aquellos que se basan en una razón médica, psicológica o social, para centrarse en las decisiones que se toman sin ninguna constricción, en absoluta libertad, aun bajo las presiones más insoportables; por esa razón Améry descarta el término "suicidio" para optar por el más preciso "muerte voluntaria", cuya traducción se ajusta mejor al término alemán del título, "Freitod", muerte libre, más cercano a "Selbsmord", autoasesinato, que el genérico "Suizid", literalmente, suicidio.

La lógica de la vida implica envejecer y esperar la muerte y la muerte voluntaria rompe esa lógica; sin embargo, el sendero que lleva a ambas es parecido, aunque en la segunda opción  se podría hablar de un atajo. En todo caso, la decisión consciente impone otra lógica, basada en unos parámetros distintos, que eluden los dictados de la ley de la sociedad, basada en normas que abominan del suicidio aunque se violen conscientemente, y de la ley natural, que aboga por la conservación a ultranza de uno mismo.

El lenguaje acude con premeditación para aceptar o rechazar una actitud determinada; por ejemplo, con el uso que se hace de la expresión "muerte natural", calificativo que se emplea solamente en el caso de fallecimiento debido a la edad avanzada cuando, en realidad,  debería incluir también la muerte por enfermedad, un caso totalmente natural -el virus, la bacteria, el cáncer, son fenómenos plenamente "naturales"- o la muerte por propia mano, resultante del ejercicio de la libertad por parte del ser humano, y de un sistema de decisiones de base orgánica y, por tanto, "natural"; tan sólo el asesinato -la interferencia en la realidad de otro y la acción contra su libertad- y la muerte por accidente podrían ser consideradas muertes "no naturales" por ser intromisiones artificiales en el curso natural.

Améry ahonda, en su tesis, en la distinción entre el cuerpo y el yo, ambos en armonía en situaciones habituales: el yo reconoce su parte material y el cuerpo se ajusta a aquél. Sin embargo, pueden darse situaciones disociativas, cuando uno u otro se sienten extraños: el cuerpo no reconoce el yo y se producen fenómenos divergentes; la situación de muerte voluntaria procedería de una de esos desajustes: el yo ya no siente el cuerpo como su manifestación, y esa rotura le lleva a prescindir del cuerpo.

En lo que hace referencia al aspecto social de la muerte voluntaria, Améry profundiza en la paradoja de que la misma sociedad que es incapaz de procurar el bienestar de sus componentes, llegando, en casos extremos, a exigirles que sacrifiquen su vida, estigmatiza el suicidio no ya como una conducta insocial sino también, directamente, como un atentado contra su esencia. Una prohibición por imperativo humano que, igual que en el caso de los creyentes, éstos por imperativo divino, impide el ejercicio de libertad supremo: decidir sobre la propia existencia.

Calificación: ***/*****

15 de febrero de 2017

13 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo IV. Ebrio de enfermedad

Ebrio de enfermedad. Anatole Broyard. La  Uña Rota, 2013
Prólogo de Oliver Sacks. Edición de Alexandra Broyard. 

Traducción de Miguel Martínez Lage
"Lo único que espero es estar vivo cuando muera."
Ebrio de enfermedad (Intoxicated by My Illness (And Other Writings on Life and Death, 1992) es un conjunto de textos relativos a la enfermedad y a la muerte escritos por Broyard después de habérsele diagnosticado un cáncer de próstata, enfermedad que le provocaría la  muerte catorce meses después. Broyard reacciona ante el diagnóstico fatal con lo que él entiende que no es valentía sino deseo: su vida tiene ya un plazo concreto, y su empeño es  emplearlo en hacer todo aquello que desea y que, de no haber habido la enfermedad de por medio, seguramente habría pospuesto. 
"Mi experiencia inicial de la enfermedad fue la de una serie de sacudidas sin relación unas con otras, e instintivamente pensé que lo primero que debía hacer era tratar de controlarla dándole la forma de una narración. En las situaciones de emergencia siempre inventamos relatos [...]. El relato, la narración, parece ser una reacción natural a la enfermedad [...]. Los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor [...]. Al principio me inventaba microrrelatos. La metáfora era uno de mis síntomas."
Al tratar de convertir la enfermedad en un relato Broyard busca humanizarla, interiorizarla, desproveerla de su carácter externo, más amenazante por desconocido que por el peligro que pueda conllevar, y traerla al campo propio, donde poder desenmascararla y, parcialmente desarmada, combatirla: quien logre imponer su relato, vencerá.
"La escritura es un contrapunto de la enfermedad. Obliga al cáncer a pasar por mi carácter antes de que pueda llegar a mí."
Es un error dejar que la enfermedad se adueñe del cuerpo porque en ese caso es ella la que marca los tiempos y decide qué hacer y cuándo; en definitiva, impone su relato, la mayoría de las veces en un lenguaje, el dolor, que no podemos comprender y que nos imposibilita para cualquier tipo de reacción. Deberíamos ser capaces de apropiarnos de ella, de hacerla nuestra y así imponer nuestras condiciones; sólo en este caso seremos capaces de dominarla, de conjurarla cuando nos apetezca e, incluso, de utilizarla contra ella misma.

En todo caso, es imprescindible mantener una actitud eminentemente belicosa: ni rendirse, o estás perdido porque te dejas en sus manos; ni pactar, porque su posición de dominio le facilita el imponer sus condiciones:; sólo cabe la confrontación.
"Lo que un enfermo crítico necesita, sobre todo, es que le entiendan. Morir es un malentendido que es preciso aclarar antes del fin. Y a uno es imposible que se le entienda, su situación no se puede apreciar del todo hasta que su familia y sus amigos, que lo miran a uno con una mezcla de amor y de vergüenza, sepan, y lo sepan de una manera íntima y absoluta, cómo es la enfermedad que tiene."
Uno de los textos más interesantes del volumen es el denominado "La literatura de la muerte", en el que Broyard pasa revista, someramente, a lo que se ha escrito sobre el tema y distingue las diferentes épocas, incluso las décadas en los últimos años, que han dado lugar a distintas orientaciones. Por supuesto que aprovecha para poner a caer de un burro -aunque, al final, acabe cayendo en la trampa- a la tanatoescritura del tipo Kübler-Ross y, en general, a los escritores hiperventilados que, en su afán por dar una respuesta a Tolstoi -"no entiendo qué se supone que tengo que hacer ahora", dicen que fueron sus últimas palabras-, se pierden entre doctrinas pseudoreligiosas y elucubraciones submentalistas.

Sin embargo, el texto literariamente más potente es "Lo que dijo la cistoscopia", un  concentrado relato en el que el protagonista cuenta, con un verismo escalofriante, los últimos días de la vida de su padre, aquejado de un cáncer terminal: la precisión progresiva de los diagnósticos, la peregrinación por diversos hospitales, las relaciones con otros enfermos, y la formación y posterior desestimiento de la estrategia del avestruz: mientras el enfermo verbaliza sus ya inútiles propósitos de enmienda tras la imposible curación, su esposa, abandonada a la inevitabilidad del desenlace, queda inmovilizada por un dolor que nadie le ha enseñado a soportar, y el hijo, incapaz de reaccionar a la situación, se siente extraviado entre las nuevas responsabilidades que se ha visto obligado a asumir. Son sentimientos que van siguiendo su evolución, paralela al progreso de la enfermedad y al agravamiento del padre, hasta converger gradualmente hacia la inevitable y despiadada realidad.
"¿Por qué han llegado tan tarde toda esta sabiduría, toda esta belleza?"
Calificación: ***/*****

10 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo III. Mi suicidio

Mi suicidio. Henri Roorda. Trama Editorial, 2014
Traducción de Miguel Rubio
"Por otra parte, mi motor esencial -denominado "instinto vital"- debe encontrarse en muy mal estado, puesto que sin estar enfermo prefiero la muerte a una existencia en la que, como ocurre en casi todas las existencias, tendría que enfrentarme a cotidianas cargas, preocupaciones y privaciones."
Henri Philippe Benjamin Roorda van Eysinga es uno de los ejemplos que aduciríamos aquellos que pensamos que se puede llegar al suicidio no únicamente desde la tristeza y la desesperación -una especie de suicidio reactivo-, sino también desde la alegría y, paradójicamente, las ganas de vivir, como si el disfrute total de la vida incluyera, inseparablemente, la posibilidad de ponerle fin de forma voluntaria. No serían ni el hastío ni el pesimismo, por tanto, los únicos estados anímicos que desembocarían con la muerte por propia mano, sino que también la alegría y el optimismo podrían ser caminos igual de válidos: para apoyar esa afirmación, Mi suicidio (Mon suicide, 1925), sería la prueba concluyente.

Afirma el autor que el libro debería haberse llamado El pesimismo alegre, pero que le cambió el título por razones puramente comerciales: el público es muy melodramático y se inclinará más por comprar un libro de nombre Mi suicidio. El tono del prólogo del autor da ya una idea de la orientación del texto, alegre, irónico y vitalista. El suicidio, en su caso, no es tanto una huida para escapar de un presente insoportable como para ahorrarse las desgracias futuras que, inevitablemente, acaecerán; es decir, una especie de suicidio preventivo.

Firme partidario de la vida sin preocupaciones, Roorda no es capaz de ser previsor ni con las provisiones ni con el dinero que debería acumular para procurarse una vejez desahogada; ha vivido una vida relajada contrayendo deudas económicas y morales, y el futuro que le espera no es nada halagüeño; pero también alude a una razón de carácter altruista: dada su inadaptación a los requerimientos de una vida ordenada, la cantidad de males que podría provocar en el futuro superaría ampliamente el de los bienes. El Estado, y su capacidad conminatoria para imponer una determinada moral desde la infancia, y la religión, con la imputación del sentimiento de culpa, tampoco facilitan la vida. De hecho, Roorda se autocalifica como mala persona y confiesa que todo lo que hay en él de bueno lo debe a la sociedad; sin embargo, después del proceso de socialización, cuando ya te tiene entre sus garras, es esa misma sociedad la que, con sus sistemas de represión -las leyes- y de control -la moral-, la que se encarga de sustraernos nuestras conquistas individuales. Y salir de este círculo infernal sólo es posible mediante una reacción individual, que no egoísta.
"Amo enormemente la vida. Pero para gozar del espectáculo hay que ocupar una buena butaca. Y en la tierra la mayoría de las butacas no son muy buenas. Si bien es verdad que, en general, los espectadores no son muy difíciles de contentar."
Calificación: ***/***** 

8 de febrero de 2017

6 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo II. Agencia General del Suicidio

Agencia general del suicidio. Jacques Rigaut. Ático de los Libros, 2017
Traducción de Sarai Herrera. Prólogo de Noni Meyers. Epílogo de Enrique Vila Matas
"Sólo me siento vivo a partir del instante en que contemplo mi inexistencia."
Agencia General del Suicidio es una antología que recoge textos en prosa del escritor dadaísta -abandonó el surrealismo al trabar conocimiento con Tristan Tzara- cuyo punto en común es la referencia al suicidio, hecho con el que dio fin a su vida a los 30 años, después de una vida de excesos.
"Olvidaba para beber."
Igual que los psiquiatras pueden, en multitud de casos, detectar en los sujetos una tendencia a la muerte por propia mano, estoy convencido de que, en el caso de los escritores, también es posible revelar esa misma tendencia en forma latente, explícita o implícitamente, rastreando sus textos con la suficiente profundidad. Rigaut es uno de los escritores que, sistemáticamente, destruyó todo aquello -en realidad, poco- que escribía; acaso esa pulsión destructora hacia su propia obra, supuestamente en razón de su exigencia, podría interpretarse como uno de esos signos que, como decía más arriba, anticipaban que moriría por su propia mano: el destino de la vida, su obra suprema, fue también retenido en sus manos hasta que, en la cama de la clínica de desintoxicación de Châtenay-Malabry, la famosa Vallée-aux-Loups, y después de una meticulosa preparación, acabó con su vida. Para Rigaut, el objeto final de cualquier pensamiento es, forzosamente, la muerte; para escapar de esa trampa, la existencia debería de cualquier tarea que obligue a pensar.
"Esa emulación de inventar caminos más legítimos hacia una muerte que guardamos en el bolsillo desde la edad de la razón."
En cualquier caso, parece que las razones para suicidarse son las mismas que para vivir, y que dependerá de la predisposición del sujeto seguir una vía -pues cualquiera que fuera la elección se tomaría incuestionablemente desde el hecho de estar vivo- o desviarse por la vía alternativa. Aquejados por una enfermedad incurable, escogemos seguir viviendo porque mantenemos la esperanza en una improbable curación y, por tanto, en la cesación del dolor; o decidimos acabar con ella con la misma intención. 
"Intentad, si podéis, detener a un hombre que viaja con el suicidio en el ojal."
La valentía que supone, parece ser, acabar con la propia vida, no debe implicar una valoración moral superior a la que supone afrontar la situación gravosa. Así pues, obviando excusas y cualquier enfoque que requiera algún recurso al submentalismo, Rigaut, en un alarde de humorística franqueza, concede validez a tres razones: la venganza, hacia alguien que le ha rechazado; la pereza, para cumplir sus obligaciones, principalmente las laborables; y el hastío.
"Un hombre que evita los hastíos y el tedio puede encontrar quizás en el suicidio la realización del gesto más desinteresado, ¡con tal de que no sienta curiosidad por la muerte! No reconozco en absoluto cuándo y cómo he podido pensar así, lo cual, por otra parte, no me importa. Pero he aquí, sin embargo, el caso más absurdo, la fantasía en su máximo estallido, la desenvoltura más lejana que el sueño y el compromiso más puro."
La ironía con que Rigaut habla de la muerte, que consigue restar gravedad al suicidio, define una visión con cierto tono surrealista: parece que al hablar de ello abiertamente conjura el peligro, por más que ya lo intentó una vez y, a última hora, la vieja pistola no estuvo a la altura de lo que se le requirió.

Acostumbrados a asociar suicidio y demencia, aunque sea instantánea -la sombra de la religión es alargada-, sorprende la lucidez y la serenidad con que Rigaut razona acerca del suicidio y de la muerte, y cómo se resigna a su propia vulnerabilidad.

Completa el volumen un texto de Pierre Dieu la Rochelle -L'Adieu à Gonzague- en forma de carta dirigida a Rigaut, cuando éste ya había fallecido, en la que se culpa por no haber creído que las amenazas de suicidio eran ciertas y le pide perdón por no haberlo impedido. 
"Tan sólo se puede escribir sobre la muerte, sobre lo pasado. No he podido comprenderte hasta el día que supe que habías muerto."
Es un texto que desborda sinceridad y que incide en ese remordimiento tan común entre los cercanos al suicida: la sensación de no haber hecho lo suficiente para impedir el hecho. Es uno de los mejores textos del volumen, y su inclusión, más que pertinente, da el contrapunto trágico al conjunto de escritos del propio suicida, insólitamente irónicos y desenfadados.
"Morir es lo más bello que podías hacer, lo más solemne, lo más."
Calificación: ****/***** 

3 de febrero de 2017

Levantar la mano sobre uno mismo I. Paradojas y devociones

Paradojas y devociones. John Donne. Cuatro Ediciones, 1997
Traducción de Andrés Rubin
Paradojas y devociones (Paradoxes, procedentes del volumen Paradoxes, Problemes, Essayes, Characters, primera edición conjunta en 1652, póstuma; y Devotions, incluidas en Devotions Upon Emergent Occasions and Death's Duel, 1623) recoge un conjunto de textos pertenecientes a la obra ensayística de John Donne, reconocido poeta del barroco inglés contemporáneo de Shakespeare y Marlowe pero también de Burton y Bacon, los autores que con Anatomía de la melancolía y Ensayos, respectivamente, trasladaron a las islas la forma literaria que unos pocos años antes había inaugurado Michel de Montaigne en Francia.

Se presume que ambas obras fueron escritas en dos momentos muy diferentes de la vida de Donne, y que ésta es la razón de la diversidad de sus temas y de su tono general. Mientras que Paradojas sería una obra de juventud, de ahí su tono irónico y su forma desenfadada, Devociones, en cambio, correspondería a su época de madurez, y, como consecuencia, sus preocupaciones, más profundas, denotan una mente cultivada, a la vez que una ruptura con los vínculos exteriores -su mujer ha muerto y ha perdido el favor de los poderosos- acentúa la introspección y el retraimiento hacia sí mismo.

A continuación, algunas de las ideas que subyacen a ambos trabajos.

"Paradojas"

Donne usa de la dialéctica para justificar algunas aseveraciones que, a primera vista, podrían parecer absurdas.

Todo existe para morir, y es en la muerte donde la vida halla su plena perfección.
Si siempre juzgamos por las apariencias, no deberíamos abominar de quien se preocupa por la suya.
La experiencia no es ninguna vacuna contra la insensatez.
Dejarse guiar por las inclinaciones es la forma justificadora de negar la civilización.
Desear la muerte es la suprema cobardía de quien renuncia a superar las adversidades.
El cuerpo y lo sensible son la medida de todas las cosas.
La risa, facultad exclusiva del hombre, es un síntoma de sabiduría.
Para que la vida sea posible, es preciso que la cantidad del bien en el mundo supere la del mal.
La discordia es el motor que mueve el mundo.
Las mujeres son como los venenos: a pequeñas dosis pueden ser hasta beneficiosas.

"Devociones"

A través de la metáfora de la enfermedad, Donne analiza las relaciones del hombre con el universo, con Dios y con sus propios semejantes.

La enfermedad nos enfrenta a nuestra fragilidad y es un aviso que nos efectúa la muerte para que no olvidemos nuestro final.
Los efectos de la enfermedad tienen por objeto alejarnos de la vida, nublando las sensaciones y obnubilando el razonamiento.
Incluso la postración en la cama es un anticipo de la residencia en la tumba.
Es tan grave la afectación y tan inconsistentes nuestros recursos que en la enfermedad somos inferiores a otras criaturas, cuyo instinto les facilita los remedios que están a su alcance.
La reserva del mundo hacia el enfermo añade a la dolencia el más terrible y menos humano de los estados: la soledad.
El miedo a la muerte acentúa los efectos de la enfermedad y contamina hasta tal punto los síntomas que su diagnóstico se hace más difícil.
Por mucho que se intente suplir todo aquello que quita la enfermedad, ésta no puede repartirse entre todos aquellos que nos asisten.
De las alegrías somos sólo inquilinos, mientras que las desdichas nos pertenecen totalmente.
En la prisa por liberar de los síntomas se olvida el origen de la enfermedad.
El mundo, todo lo existente, es un juego de muñecas rusas que va desde los cielos a la decadencia y la ruina; la única incógnita es cuál de los dos extremos prevalecerá.
Aun cuando la enfermedad ataque directamente a órganos periféricos, deben tomarse precauciones para salvaguardar el órgano principal, el corazón.
El peor enemigo es el que no se ve: es más peligrosa la afectación por un vapor que por una flecha, también porque nosotros mismo podemos producir el primero con mucha más facilidad y discreción que la segunda.
Es necesario estar atento a los signos de la enfermedad, y comprender que cada nuevo síntoma es un reflejo de su agravamiento.
No se puede sostener la dicha en el tiempo, pues cada instante desaparece justo al haber dado comienzo.
Es necesario aprender a morir.
No se debe rehuir nada que nos recuerde nuestra mortalidad.
No envíes nunca a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.
La incertidumbre acerca del destino de nuestra alma no debe distraernos del polvo en que se convertirá nuestro cuerpo.
Es inútil apresurar la llegada de aquello que nos apetece y retrasar la de aquello que abominamos: cada cosa llegará a su tiempo.
Es tan frágil la condición humana que la falta de un solo elemento que auxilie para conseguir  la felicidad hace que esa consecución sea imposible.
El único centro del único punto inmóvil que puede hallar el hombre es la desdicha.
El cuerpo humano es una ruina incapaz de regeneración; se pueden curar los síntomas, incluso las dolencias, pero el cuerpo seguirá generando caos.
Caos que nosotros mismos, por dejadez o por ignorancia, acabamos provocando.

Calificación: Hors catégorie

1 de febrero de 2017

Pynchon en los anaqueles

Caso 1

Dos chicos muy jóvenes, uno diría que universitarios de primer año, recorren los anaqueles del pasillo de Narrativa Anglosajona Traducida, siguiendo el orden alfabético, y hacen comentarios referentes a algunos autores, si bien es cierto que solamente comentan aquellos que están representados por una cantidad numerosa de títulos: se detienen en Amis, en Barnes, en Faulkner... Como acostumbra a suceder en los casos de estos paseos colectivos, uno de los chicos es el Lector Experto, el leído, el que sabe dar razón de cualquier autor, y el otro el Lector Discípulo, que acostumbra a hacer preguntas y demandar opiniones. Cuando llegan al final de la “P”, se detienen en “Pynchon”.
El Lector Discípulo: “Ah, mira Pynchon”.
El Lector Experto: “Sí, Pynchon”.
El Lector Discípulo: “¿Qué tal, Pynchon?”.
El Lector Experto: “Bueno, es como muy urbano, ¿me entiendes?”.
A continuación, el Experto echa una mirada sonriente, de clara suficiencia, al librero, que se halla en su mesa, cerca de Pynchon; es decir, cerca de donde están los libros de Pynchon, y que, forzosamente, ha debido oír su veredicto.

Si hay un autor que hay que recomendar con la misma cautela que descartar es el maldito Pynchon, Dios lo tenga en su gloria más tarde que pronto a pesar de todo. El norteamericano es un novelista que a todo lector que se precie le encantaría haber leído; aún más, que moriría porque le hubiese gustado, con mesura, eso sí, lo suficiente como para verse recomendándolo a sus amistades, pero no lo bastante como para justificar dos o tres carencias que ha descubierto en sus celebradas novelas y que dan la medida de hasta qué punto es conocedor: una reseña en suplemento cultural de un periodista que tampoco lo ha leído, un concepto de crítica literaria mal asimilado, un cliché desubicado, y el prestigio de disentir, sutilmente, de la opinión unánime. Poco puede hacer el Librero ante el Lector con Tamaño Prejuicio, excepto recomendarle que no compre otro Pynchon y que lea de nuevo -o que, simplemente, lea- ese título al que ha encontrado tan evidentes carencias.

Caso 2

Un lector ha pedido consejo al librero acerca de “literatura norteamericana de vanguardia”; inquirido por éste acerca de su definición de este voluble vocablo, el lector balbucea fórmulas académicas indescifrables y el librero, además de apercibirse de dónde vienen los tiros y de la  bisoñez del lector, deduce que lo que anda buscando son autores considerados “difíciles”, aquellos que otorgan una pátina de calidad lectora a los descerebrados que se atreven a leerlos. Siguiendo su discutible pero asentada lógica, propone:
El Librero: “¿Has leído Faulkner?”.
El Lector Bisoño: “¿Faulkner? Huy, no, querría algo más vanguardista”.
Ya… Subamos la apuesta.
El Librero: “¿Y el “Ulises”?”
El Lector Bisoño: “Un poco antiguo, ¿no?”
Ah, con que esas tenemos…
El Librero: “Más actual… ¿Don DeLillo?”
El Lector Bisoño: “Uh, no, he visto varias películas y no me han gustado”.
¿Varias películas? ¿Varias películas? ¿VARIAS PELÍCULAS?
Quiere la casualidad que el Librero tenga en exposición, en la mesa de efemérides, algunos libros de Thomas Pynchon; el Lector Bisoño se acerca a la mesa, echa un vistazo a los títulos, y sentencia:
El Lector Bisoño: “Y este Pynchon, ¿qué? Un rollo, ¿no?”

El hecho de que las asignaturas de Literatura, cuando las había en los programas educativos, comenzaran el estudio de las obras literarias pertenecientes, como muy tarde, al Renacimiento o al Barroco -exceptuando a los clásicos griegos y latinos, que componen un género por sí mismos-, no significa que los pedagogos que confeccionan los programas de la asignatura tengan una obsesión con el orden temporal: la Literatura es un continuum temporal en que, salvo contadas excepciones, nada se explica sin tener en cuenta lo que se ha escrito antes. Naturalmente, existen tantas literaturas como lectores, y si bien es cierto que nadie está obligado a recorrer en su totalidad estos itinerarios, cualquier lector que quiera tener una visión amplia de la historia no debería saltarse ninguna etapa. Calíope me libre de dar lecciones en este sentido, pero si es evidente que la novela popular ha sufrido pocos cambios en los últimos trescientos años y sería posible leer con el mismo equipaje a Wilkie Collins que a Eleanor Catton, no lo es menos que para valorar justamente las obras de las distintas vanguardias es imprescindible conocer contra qué se rebelan. Pynchon, como tantos otros, no tiene atajos.

Caso 3

Una pareja joven, chico y chica, de estética skate sostienen una acalorada discusión en medio de la sala de narrativa de la librería; por el acento y por el volumen de voz, de origen argentino. El Lector que lo ha Leído Todo (una variante del Lector Experto) está dando una clase de cortejo pre-sexo de Literatura Norteamericana Postpostmoderna a la Lectora Fornicable (una variante femenina del Lector Discípulo).
Lector que lo ha Leído Todo: “Mirá, David Foster Wallace, por ejemplo, es un escritor terriblemente sobrevalorado”.
La Lectora Fornicable: “¡No me digas!”
Lector que lo ha Leído Todo: “Lo que sucede es que los yankies se saben vender muy bien”.
La Lectora Fornicable: “Pues sale en todas las antologías de escritores postmodernos”.
Lector que lo ha Leído Todo: “Bah, eso de la posmodernidad es un invento yankee”.
La Lectora Fornicable: “¿Y Gaddis? ¿Y Barth? ¿Y Pynchon?”
Lector que lo ha Leído Todo: “Ta, ¿Pynchon? Donde esté Borges…”

Es tan común como injustificable la idea de la competición entre escritores; en la mayoría de los casos, sabemos a ciencia cierta que, si fueron contemporáneos, sostuvieron unas magníficas relaciones de amistad -los casos de Woolf con Joyce, de Gide con Proust o de Twain con varios escritores serían la excepción- o, en su caso, de profundo respeto -aunque en el caso de Pynchon, dada su desaparición, sea más difícil encontrarle complicidades con escritores vivos-; aún más, no hay pocos autores que reconozcan explícitamente sus deudas con escritores del pasado y menos todavía que consideren estas deudas un verdadero honor; en la hiperinformada sociedad actual, numerosas entrevistas dan cuenta de esos homenajes y de la confesión de muchos autores de éxito de ser enanos a los hombros de gigantes. Sin embargo, la disposición competitiva, simplificadora y sectaria del lector común (un ente que no existe más que estadísticamente) insiste en rivalidades inexistentes y en competencias imaginarias. Así que me atrevo a dar un consejo: que los prejuicios de los lectores no tengan más peso que el respeto común de los escritores entre sí. Ah, y que todo el mundo debería venir a la librería ya follado.

Nota: los casos citados en este escrito son rigurosamente ciertos.

30 de enero de 2017

La Comedia humana IV

La Comedia humana. Escenas de la vida privada. Volumen IV. Honoré del BalzacHermida Editores, 2016. Traducción de Aurelio Garzón del Camino y María Teresa Gallego 
Cuarto volumen de la organización canónica del ciclo de Balzac perteneciente al sub-ciclo de Escenas de la vida privada que lleva editando Hermida Editores, afortunadamente para los lectores en castellano,  desde hace unos años. Como en cada entrega, me limitaré a enumerar los textos incluidos en cada volumen y a intentar trazar las líneas maestras de la acción, dejando para los especialistas la profundización en las cuestiones técnicas y la valoración global del conjunto de La Comedia humana

"Beatriz"


De nuevo, como en varias de sus obras, Balzac sitúa el escenario en parajes alejados de la corriente principal de la Historia, como si su intención fuera mostrar el contraste entre las grandes ciudades inmersas en el mainstream de la época y los lugares remotos, más en el tiempo que en el espacio, en los que la mirada adecuada es más la del historiador que la del viajero, porque el esplendor que las envolvió se ha vuelto rancio con el paso de los siglos, y la grandeza de la que disfrutaron sólo sirve, si acaso, para acentuar su carácter caricaturesco.

"Guérande no conduce a ningún sitio y nadie viene a ella. Contenta de ser ignorada, no se preocupa más que de sí misma."
Pero no es la cuestión pintoresca la que hace que Balzac escenifique una determinada historia en un lugar concreto, sino la convicción de que el emplazamiento condiciona a sus habitantes hasta tal punto que una historia concreta sólo es verosímil si se enmarca en esa localización.

Sin embargo, la visión no acaba de alcanzar enteramente el carácter caricaturesco porque Balzac, empeñado en reflejar fielmente la realidad, no sobrepasa todos los límites, pues incluso en el más anacrónico de los ambientes encuentra pequeñas cualidades remarcables a las que se agarra para, ensalzándolas, dejar constancia de su indisimulada crítica a la contemporaneidad.
"La hermosura del carácter de los dos ancianos, pues la hermana no vivía sino para y por el hermano, no puede ser ya comprendida en toda su amplitud por las costumbres egoístas producto de la incertidumbre y de la inconstancia de nuestra época."
En esa sociedad aislada por conservadora y conservadora por aislada, cualquier elemento que entrara en ligera discordancia parecería más heterogéneo de lo que resultaría realmente, y aquella diferencia que podría ser tremendamente sutil acaba transformándose en un abismo en el que la maledicencia va de la mano de la incomprensión y el prejuicio se hermana con la desconsideración.
"En una comarca esencialmente católica, atrasada y llena de prejuicios, la vida extraña de aquella mujer ilustre debía ocasionar los rumores que habían asustado al abate Grimont, y no podría jamás ser comprendida; por ello les pareció monstruosa a todos."
¡Ay de aquel personaje que no goza del favor de Balzac!
"Alta, seca, ajada, llena de pretensiones ocultas que sólo se mostraban después de haber sido heridas, hablando mucho y atrapando a fuerza de hablar algunas ideas, como se hacen carambolas en el billar [...] y esto le hacía marchar hacia la iglesia como si hubiese querido conquistarla por asalto, agitando su pañuelo, que desplegó para mostrar sus esquinas sobrecargadas de bordados domésticos y guarnecidas con un encaje sin valor. Tenía unos andares un tanto desenvueltos, que, en una mujer de cuarenta y siete años, no resultaban provocativos."
Un joven heredero de provincias se debate en su amor por dos mujeres mayores, que despliegan todo su arsenal para conquistarle; pero las intrigas pergeñadas por ambas provocan que acabe decidiéndose por un matrimonio "ajeno a su voluntad plena".
"El matrimonio no se compone únicamente de placeres tan efímeros en este estado como en cualquier otro, sino que implica compatibilidades de humor, simpatías físicas y concordancias de carácter, que convierten esta necesidad social en un eterno problema. Las muchachas casaderas, lo mismo que sus madres, conocen los datos de este problema y los riesgos de esta lotería; ésta es la razón de que las mujeres lloren en una boda y los hombres sonrían. Los hombres piensan que no aventuran nada, y las mujeres saben muy bien todo lo que arriesgan."
De resultas del rechazo, una entra en un convento, después de haberle favorecido económicamente, y la otra, la Beatriz del título, vuelve con su amante. Sin embargo, París, además de ser la capital del mundo, es la ciudad de las conspiraciones, y para recuperar al marido perdido su suegra pone en marcha una cadena de traiciones y engaños que devuelven a cada uno a su sitio, haciéndole probar el sabor de su propio veneno, como ese escorpión que, alabado por todo el reino animal por su habilidad con el aguijón, acaba por clavárselo a sí mismo.

"El coronel Chabert"

El coronel Chabert es una de las obras más conocidas de Balzac y, tanto por su temática, por su tratamiento como por la caracterización de algunos de sus personajes, la más dickensiana, aunque ambos escritores fueron contemporáneos -Dickens vivió veinte años depués de la muerte de Balzac- e ignoro si se leyeron. En todo caso, los paralelismos entre El coronel Chabert y el lugar común de la justicia en Dickens -en Casa desolada, pero también en otras novelas- es estremecedor.

"El único epigrama que le está permitido a la miseria es el de obligar a la Justicia y a la Beneficencia a negativas injustas."
La nouvelle explota el caso del militar dado por desaparecido en el campo de batalla que regresa a casa y encuentra sus circunstancias cambiadas hasta tal punto que su reinserción en la vida civil se desvela imposible.

Ante lo escabroso del asunto, que comprometería la deseable neutralidad del narrador -en las dos vertientes posibles, a favor o en contra de la historia del coronel-, Balzac opta porque sea el propio protagonista, en su conversación con el procurador, el que relate sus desventuras; por supuesto que su credibilidad queda comprometida, pues son sus propios intereses los que están en cuestión, pero el autor ha sabido caracterizar de tal modo al personaje que el lector queda convencido de que, sea o no cierto que al coronel le sucediera lo que cuenta, sí que parece ser que él cree que es lo que le acaeció.
"Todos los horrores que los novelistas creen inventar están siempre por debajo de la realidad."
Por si fuera poca la desgracia de haber desaparecido de los registros de los vivos, Balzac da otra vuelta de tuerca al casar a la "viuda" de Chabert con un conde muy influyente, con el consiguiente ascenso social y, a la vez, convirtiendo en imposible la arduia tarea del coronel para recuperar sus derechos. Como sucede a menudo, Balzac no otorga un papel demasiado lucido a las mujeres.
"Existen en París muchas mujeres que, como la condesa Ferraud, viven llevando consigo un monstruo moral ignorado, o que bordean un abismo; pero se forman un callo que protege su punto sensible, y pueden todavía reír y divertirse."
"Honorina"
"La excesiva felicidad y el excesivo dolor obedecen a las mismas leyes."
Incluso para el chauvinismo francés -aunque debería decir sobre todo parisino, la acción se ubica en 1836-, Italia tiene el encanto del exotismo y la meridionalidad; para la sociedad capitalina, los Alpes Marítimos son más que una frontera física, son una linde con el pasado, con el no-tiempo que París ya ha rebasado y con un paisaje imposible a los que viajar con el espíritu del antropólogo. De forma parecida a Stendhal, aunque sin síndrome, Balzac considera Italia como una suerte de paraíso perdido al que la  ausencia de franceses ha malogrado, un país al que hay que reconquistar y civilizar al que le faltan los franceses y le sobran los italianos; en definitiva, el mejor lugar para exiliarse. Por esas razones, uno de los puestos codiciados en la función pública es el de embajador en Italia: se puede disfrutar de la totalidad del país, se limita el inconveniente que supondría el contacto humano con los aborígenes a la sociedad más selecta y a los franceses de viaje, y se puede seguir siendo enteramente francés.

Es precisamente uno de estos franceses transplantados a Italia quien, ante la visita de algunos compatriotas, les cuenta, en primera persona, la historia de su vida desde que, recién licenciado en Derecho, entró al servicio de un aristócrata miembro de la Magistratura. Mediante un hábil cambio de narrador -el tercero, en cascada-, el ayudante pone en boca del conde su desgraciada historia de amor con la Honorina del título. Balzac necesita fiabilidad, más que verosimilitud, y para ello utiliza constantes cambios de narrador, formando un rompecabezas en el que el discurso de cada elemento adquiere sentido sólo en relación con sus vecinos.

Honorina es una historia de fidelidad y de traición, de ofensa y de perdón, en la que Balzac saca a la luz su arsenal de recursos retóricos para seguir retratando con la fidelidad del miniaturista unas relaciones sociales, desde el punto de vista del marco privado, que acabaron configurando una época que, aun en vías de extinción, daba sus últimos coletazos comprometiendo la seguridad que la tradición ya no podía garantizar.
"-Todo esto no es vida -dijo la señorita Des Touches-. Esa mujer es una de las más raras excepciones y acaso la más monstruosa en cuanto a inteligencia. ¡Una perla! La vida se compone de sucesos variados, de dolores y de placeres alternativos. El Paraíso de Dante, sublime expresión del ideal, es un azul sereno y constante que no se encuentra sino en el alma, y pedírselo a las cosas de la vida es una voluptuosidad contra la que protesta continuamente la naturaleza. Para tales almas es suficiente con los seis pies de una celda y un reclinatorio."
"La interdicción"
"Una mujer de mundo lleva [a todas partes], es el diamante con que un hombre corta todos los cristales cuando no tiene la llave de oro con la que se abren todas las puertas. Las virtudes burguesas, para los burgueses; para los ambiciosos, los vicios de la ambición."
El señor Popinot es un magistrado justo pero poco ambicioso que vive en una casa que amenaza ruina en uno de los peores distritos de París; Balzac vuelve a dirigir su mirada hacia el mundo de la justicia, de la adulación vacía, de las apariencias, del ascensor social, centrando su historia en una demanda de interdicción que va a parar al juzgado cuyo titular es un hombre que, tras una apariencia zarrapastrosa, esconde un alma noble y una verdadera vocación que le inclina a impartir justicia antes que a aplicar la ley, sea quien sea el demandante y obviando las circunstancias sociales del demandado.
"La señora de Espard estaba, desde hacía siete años, muy de moda en París, donde la moda eleva y abate sucesivamente a personajes que, tan pronto grandes, y tan pronto pequeños, es decir, en boga hoy para ser olvidados mañana, se convierten más tarde en personajes insoportables, como lo son todos los ministros en desgracia y todas las majestades caídas. Disgustados por sus pretensiones marchitas, estos lisonjeadores del pasado lo saben todo, maldicen de todo, y, como los pródigos, arruinados, son amigos de todo el mundo."
Bajo su apariencia ridícula, acentuada por Balzac para contraste con el aspecto de la demandante, se descubre el genio lleno de perspicacia del juez; por otra parte, la superioridad social y moral que quiere mostrar aquélla es desenmascarada de inmediato por éste, que hace de su aparente estupidez el arma que la abate.

Como en otras obras, aunque en este caso acentuado por la intención de remarcar el contraste anteriormente citado, el sistema narrativo se ajusta a este método:

1.- Introducción al personaje, descripción de su residencia, historia familiar y examen de su pasado.
2.- Encuentro con su antagonista, reformulación de las descripciones anteriores bajo el punto de vista de éste.
3.- Diálogo, desnudamiento del personaje, desenmascaramiento de las apariencias.

Balzac no perdona la hipocresía de la gente bien, personalizando en París todos su reparos.
"En París, la virtud más pura es objeto de las calumnias más asquerosas."
"Una hija de Eva"

Balzac regresa al mundo en el que mejor se desenvuelve, en el que sentencia con más finura y en el que administra su bilis con más acierto: el mundo femenino. Regresa también a un elenco protagonista conocido: el caso de dos mujeres, ligadas por lazos familiares más o menos estrechos y enfrentadas a dos destinos opuestos. Echando mano del recurso que mejor maneja, la ironía, nos informa de la estricta educación a que las ha sometido su madre y del ambiente general de represión que reinaba en su casa, excepto para sus hermanos varones.
"Hay muchas familias en las que transcurre de este modo la vida interior, que podría imaginarse íntima, unida y coherente: los hermanos se encuentran lejos, ocupados por los cuidados de su fortuna, por su carrera o por el servicio del país; y las hermanas están envueltas en un torbellino de intereses de familias extrañas a la suya. Todos los miembros viven entonces en la desunión, en el olvido los unos de los otros, unidos tan sólo por los frágiles lazos del recuerdo hasta el momento en que el orgullo los llama y en que el interés los reúne, para separarlos al fin, no pocas veces, de corazón, como lo han estado de hecho."
La hermana cuyo matrimonio es como una balsa de aceite, con todas sus consecuencias, echa en falta algo de excitación cuando entra en escena un escritorzuelo autor de varias obras maestras que sólo valoraron los entendidos; ninguna mujer que haya tenido una infancia inocente y un matrimonio feliz está a salvo de la tentación de la transgresión.
"Aquellos que conocen la inclinación del espíritu humano hacia las oposiciones y los contrastes, comprenderán muy bien que después de diez años de esta vida desarreglada, bohemia, llena de altibajos, de fiestas y de embargos, de sobriedades y de orgías, Raúl se viese arrastrado hacia un amor casto y puro, hacia la casa dulce y armoniosa de una gran señora, del mismo modo que la condesa Félix deseaba introducir las tormentas de la pasión en su vida monótona a fuerza de felicidad. Esta ley de la vida es la de todas las artes que no existen sino por contrastes. La obra llevada a cabo sin estos recursos es como la última expresión del genio, así como el claustro es el pináculo de la vida cristiana."
Raúl, el supuesto escritor, es el representante del mundillo literario a la moda, la eterna promesa para los que lucen de entendidos pero un perfecto don nadie para el público lector; Florina, su amante, es una digna representante del ambiente escénico, de la apariencia y de la superficialidad. Es en el retrato de ambos personajes centrales en la novela en el que Balzac reproduce el ambiente "cultural" que, junto con la aristocracia de los salones y las cenas y la oligarquía de las grandes fortunas, constituyen cuatro de los pilares sobre los que se asienta la sociedad de la época.
"Sus colaboradores le odiaban momentáneamente, dispuestos a tenderle la mano y a consolarle en el caso de que triunfase. Así es el mundo literario. En él sólo se quiere a los inferiores. Cada cual es enemigo de cualquiera que tienda a subir. Esta envidia general duplica las posibilidades de los mediocres, que no suscitan envidias ni sospechas, hacen su camino al modo de los topos, y, por muy tontos que sean, se encuentran colocados en el Moniteur en tres o cuatro puestos en el momento en que los hombres de talento luchan todavía unos con otros, a la puerta, para impedirse la entrada."
Calificación: Hors catégorie

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27 de enero de 2017

Heliópolis

Heliópolis. Visión retrospectiva de una ciudad. Ernst Jünger. Página Indómita, 2016
Traducción de Marciano Villanueva
Deslumbrados por la riqueza de la que se ha considerado su obra maestra, los Diarios (Diario de guerraRadiaciones y Pasados los setenta), la obra de ficción de Ernst Jünger parece que ha sido relegada al círculo de los entendidos a pesar de que existe un gran número de títulos traducidos al castellano; en este grupo acaba de añadirse la edición de Heliópolis (Heliopolis. Rückblick auf eine Stadt, 1949), la más temprana de las grandes novelas del alemán.

Heliópolis. Visión retrospectiva de una ciudad es una novela-utopía que sitúa la acción en una sociedad tecnificada regida por el determinismo materialista y fundada en la estadística. El poder supremo es ejercido en forma monárquica por el Regente y, una vez eliminadas las guerras tal como las concebimos, los conflictos se limitan a acotadas querellas regionales. Este poder es ejercido con mano férrea y basado en la racionalidad y la ciencia; los seres humanos son eslabones en la cadena de la evolución, y es preciso dirigir la investigación hacia el destino de poder formular y aplicar una teoría del todo. La civilización, gracias a la técnica, se ha expandido a otros planetas, ha creado una sociedad intrínsecamente perfecta y ha efectuado un salto evolutivo que ha comportado un verdadero cambio de época. En aras del progreso y para luchar contra cualquier intento de regresión, se justifica la violencia y se dirigen los disturbios, con vistas a una pacificación que se considera un logro de orden superior, como factores de descompresión en épocas de revueltas; esa violencia es usada como método de control de la disidencia pero también como justificación de la represión; en ambos casos, se trata de un método de recurso fácil y eficiente.

Esta situación de aparente equilibrio se sustenta en la existencia de dos contrapoderes de naturaleza diametralmente opuesta: La Oficina Central, comandada por el Prefecto, representante de la vieja política popular, encarna a la burocracia, al sistema y a la prevalencia del orden jerárquico sobre cualquier otra consideración; y el Palacio, regido por el Procónsul, que recoge la tradición aristocrática y del valor del esfuerzo y la dedicación, es la sede de la tolerancia, en la que el arte y la cultura tienen un papel fundamental.
"[La Oficina Central] quiere elevar a la categoría de Estado una colectividad ahistórica; [el Palacio] busca un orden histórico, la libertad del hombre, de su esencia, de su espíritu y de su propiedad, y quiere al Estado en la medida en que es necesario para la defensa de estos bienes [...]. [El Prefecto] se ve obligado a nivelar., atomizar e igualar el potencial humano, en el cual debe prevalecer un orden abstracto, y busca la perfección técnica; [para el Procónsul] quien ha de dominar es el hombre, y lo que se busca es la perfección humana. [El Prefecto] quiere una superioridad técnica, pero la búsqueda de especialistas desemboca necesariamente en tipos atrofiados; la elección recae sobre aquellos en quienes el impulso técnico encuentra la mínima resistencia; y así, en el terreno práctico [...], se da una mezcla de autómatas y criminales inteligentes. [El Procónsul] se propone la formación de una nueva élite [...]; es un propósito más difícil, pero abarca al hombre en su totalidad [...]; el él se conservan intactos los principios aristocráticos, pero también los democráticos."
Heliópolis trasciende la ciencia-ficción para situarse entre las utopías de contenido más filosófico que científico y/o especulativo; en su concepción y en su relato recuerda insistentemente a la tradición que, inaugurada y bautizada por Thomas Moore, alcanzó su edad de oro en el siglo XVIII. Un libro imprescindible para los lectores que busquen en la literatura algo más que evasión.

Calificación: ****/*****