20 de noviembre de 2017

Vida de Samuel Johnson

Vida de Samuel Johnson. Giorgio Manganelli. Gatopardo Ediciones, 2017
Traducción de Teresa Clavel
Vida de Samuel Johnson (Life of Samuel Johnson, 1791), de James Boswell, ha pasado a la historia de la literatura como un modelo del escritura biográfica y como primera muestra de la versión moderna del género. 

Este pequeño volumen, homónimo de la obra de Boswell, de Giorgio Manganelli (Vita di Samuel Johnson, 2008), transcrito de un manuscrito destinado a la radiodifusión, puede considerarse, aparte de su valor documental, como el homenaje del escritor italiano tanto al biógrafo como al biografiado. Manganelli toma la distancia que fue incapaz de preservar Boswell, se aleja del Doctor para conseguir una mejor perspectiva, y logra un retrato incompleto pero que, paradójicamente, contiene los trazos principales; para ello, en lugar de centrarse exclusivamente en Johnson, contrapone, con intención complementaria, la relación de Johnson con Boswell con la que sostuvo con dos contemporáneos: el desdichado Richard Savage, un oscuro escritor, y con Topham Beauclerk, un irresponsable libertino. Para, definitivamente, acabar componiendo un sentido panegírico a uno de los grandes nombres de la literatura inglesa.

Calificación: ****/*****

17 de noviembre de 2017

Clásicos para la vida

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca idealNuccio Ordine. Acantilado, 2017
Traducción de Jordi Bayod
"Requiere más esfuerzo interpretar las interpretaciones que interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro asunto: no hacemos más que glosarnos los unos a los otros. Todo está lleno de comentarios; de autores, hay gran escasez." Michel de Montaigne, Ensayos
La lectura de los clásicos es imprescindible porque, moldeando nuestra cultura, han forjado también nuestra personalidad, y a pesar de no poder responder a la cuestión de hacia dónde vamos, sí que cumplen como nadie la función de darnos a conocer de dónde venimos; entendiéndolos, comprendemos el mundo que nos rodea.

Los textos que conforman el volumen -al que, si hay que señalar algún reparo, es el de la poca extensión de los artículos- proceden de una columna semanal que publicó a lo largo de un año en el Corriere della Sera, y no componen un tratado de literatura comparada sino un homenaje, personal, en forma de reconocimiento a esos autores; y el hecho de que cada uno de nosotros hubiéramos elegido autores distintos no le resta a su propuesta ni un ápice de interés.

Aunque alejado de la tentación canonizadora -el subtítulo del libro alude a "una biblioteca ideal", no a "la biblioteca ideal"-, Ordine se pasea por veintinueve siglos de la historia de la literatura, con breves incursiones en el pensamiento, occidental para marcar una serie de hitos que señalicen el camino a seguir. Que puede que no coincidan con los nuestros, pero no por ello deja de ser un empeño encomiable; ¿seríamos capaces, nosotros mismos, de acometer un canon personal parecido?

Calificación: ***/*****

13 de noviembre de 2017

Alias Grace

Traducción de María Antonia Menini Pagès
"Cuando estás dentro de una historia, cuando la vives, no es una historia sino una confesión; un oscuro rugido, una ceguera, un montón de vidrios rotos y madera astillada; como una casa en medio de un vendaval o un barco aplastado por los icebergs o empujado hacia unos rápidos sin que los que van a bordo puedan hacer nada por impedirlo. Sólo después se convierte en algo parecido a una narración. Cuando lo estàs contando, a ti misma o a otra persona."
Alias Grace (Alias Grace, 1996) es una novela basada en unos hechos ocurridos en Canadá en la segunda mitad del siglo XIX: Grace Marks, una inmigrante irlandesa, y James McDermott fueron condenados a muerte por el asesinato de Thomas Kinnear, su empleador, y de Nancy Montgomery, su ama de llaves y presunta amante.

Una vez ajusticiado su supuesto cómplice y conmutada su pena de muerte por cadena perpetua, Grace intenta reconstruir los hechos, que asegura no recordar, en un monólogo en el que se alternan, sucesivamente, la voz de la inocencia de una chiquilla -que se ha convertido ya en adulta, pero en cuya expresión persiste el tono adolescente- inculpada injustamente de un crimen que ni cometió ni pudo siquiera cometer, y la de la presunta asesina que acaba aceptando esa inculpación no tanto por reconocer su responsabilidad en los hechos sino como resultado de la presión psicológica de un entorno plenamente persuadido de su culpa.

Tras quince años de reclusión, con estancias en un manicomio y en la prisión, Grace, cuya buena conducta ha merecido un régimen penitenciario laxo y que sea destinada a las funciones de criada en la vivienda del alcaide, es puesta en manos de Simon Jordan, un médico instruido en los últimos avances de la psicopatología, para que intente hacerle recuperar las lagunas de memoria que dice padecer respecto de la materialización de los asesinatos y así poder aclarar definitivamente su culpabilidad, tal como sostuvo el tribunal, o su inocencia, que ella  siempre ha reivindicado.
"No recuerdo muy bien el lugar, ya que era muy niña cuando me fui; solo algunas partes, como un plato que se ha roto. Siempre hay algunos trozos que parecen de otro plato y espacios vacíos en los que no puedes encajar nada."
Pero el relato de Grace va mucho más allá del intento de autoexculpación; abarca desde su infancia en una familia numerosa con padre borracho y madre sometida a su tiranía en una paupérrima aldea irlandesa, la emigración a Canadá en un accidentado viaje en el que pierde a su madre, su llegada a tierra firme y sus varios trabajos como sirvienta, en uno de los cuales conoce a la que será su mayor amiga, hasta llegar al momento en que se incorpora como criada en la casa de Kinnear, el lugar en el que sucedieron los hechos por los que fue condenada. En cuanto a la trama en sí, se apoya en la convención de que los sucesos acaecieron en aquel entonces de la forma en que se cuentan en el presente, es decir, que el relato tome el lugar de la acción; la vieja aspiración, por cierto, de todas las corrientes mágico-mentalistas, psicoanálisis incluido. Pero el verdadero desafío, a nivel narrativo, es el cambio de protagonista, a medida que avanza la acción, de Grace a Jordan, el efecto de la confesión, que hace oscilar al médico de la indiferencia del terapeuta a la autosugestión, y afectando también a su vida privada, llevándole del sistema al desorden.

Pero Alias Grace no sólo es una novela sustentada en personajes; como no podría ser de otro modo, el entorno en que se desenvuelve acaba configurando otro protagonista: el modelo de sociedad victoriana extendido a Canadá, a pesar de la lejanía de la metròpoli, es el de una colectividad profundamente clasista y discriminatoria en la que no formar parte de la clase dominante, sean cuales sean las circunstancias de esa exclusión, conlleva serios perjuicios difícilmente evitables; aunque pueda suceder que el mismo sujeto discriminado sea capaz, mediante la manipulación de las persones próximas, de aprovechar su posición inferior en su propio beneficio.
"No sé por qué la gente tiene tanto empeño en que la recuerden. ¿De qué le va a servir? Hay ciertas cosas que todo el mundo debería olvidar, y no volver a hablar de ellas." 
El peso de la narración se apoya sobre varios pilares: además del usual narrador omniscente en tercera persona, se recogen, entre varios personajes, la voz del médico y, sustentando la columna vertebral del relato, la intervención de la propia Grace. El acierto de depositar el peso del relato en el personaje que, debido a una supuesta amnesia, es incapaz de recordar el episodio, no sólo informa al lector de unos hechos que se revelan como imprescindibles para acercarse a la protagonista y a sus circunstancias, sino que también desvela el proceso, facilitado por los métodos del doctor Jordan, mediante el cual ella recupera la memoria reprimida por la gravedad del suceso.

La narrativa de Atwood se sustenta en oficio, oficio y oficio; insisto en la importancia del oficio y en la relevancia de haber completado una obra homogénea y comprometida; la corrección tiene, como mínimo, la misma relevancia que la originalidad, y el hecho de que las novelas sin efectos especiales lleven más de doscientos años siendo apreciadas por los lectores no sería más que la demostración de su validez.

Calificación: ****/*****

Otros frecursos referentes a la autora en este blog:

10 de noviembre de 2017

Tango satánico

Tango satánico. Laszlo Krasznahorkai. Acantilado, 2017
Traducción de Adan Kovacsis
“Lo que he dejado atras sigue delante de mí.”
Los relatos que tienen como temática principal los avatares de un grupo de personajes a la espera de acontecimientos es una materia que ha proporcionado una considerable aportación de obras maestras a la historia de la literatura. Los habitantes de una antigua explotación perteneciente al pasado régimen comunista de Hungría permanecen a la espera de algo que debe suceder -no a la espera de que suceda algo, pasivamente-, no tanto por convicción ni por indicios como por necesidad, y tampoco de forma negativa, como amenaza, sino como la única manera posible de dar fin a una situación insostenible que consideran ya saturada y cuyo estado se ven impotentes para modificar en su propio provecho; esta tensa situación de espera y sus posibles escapatorias son el tema central de Tango satánico (Sátántangó, 1985), la novela que el autor de la monumental Melancolía de la resistencia publicó a los treinta y un años.
“Porque luego comprendí que no existe ninguna diferencia entre yo y un insecto, entre un insecto y un río, entre un río y el grito que lo cruza. Todo funciona de manera vacua e irracional, por la fuerza de una interdependencia y de una oscilación salvaje y atemporal, y sólo nuestra imaginación, y no nuestros sentidos condenados eternamente al fracaso, nos incita a creer en todo momento que podemos liberarnos de las zanjas de la miseria.”
Cuando el régimen criptocomunista húngaro, remoto, aislado y en descomposición, ya no da más de sí, la vida en la explotación, un enclave rural gestionado en régimen cooperativo, ha degenerado hasta tal punto que se hace imposible la supervivencia. Una sociedad en franca descomposición, sometida a las inclemencias atmosféricas, al sol y al polvo, a la lluvia y al barro, componen un desolado paisaje de la derrota y el desamparo y tienden a una insoslayable decadencia moral. Bajo un cielo gris plomizo que amenaza con derrumbarse sobre sus cabezas y en la soledad de un otoño improductivo e intimidante, los distintos personajes, cada uno con su decepción y sus miserias, se arrastran por una existencia sin objetivo y sin más aspiración que ver pasar la interminable sucesión de los días sin que nada modifique su insustancial cotidianidad -como el médico, verdadero y aplicado notario de los acontecimientos, que ha perdido su licencia y acampa en un sillón, al lado de la ventana, se rodea de todo lo que necesita para vivir al alcance de la mano y registra la totalidad de sucesos en un complejo sistema de cuadernos-. La única esperanza de sus habitantes es la llegada de Irimiás, el regreso del desaparecido, el redentor, el justiciero, el pentecostal beckettiano que redimirá la miseria y la injusticia y levantará el velo de un futuro lleno de esperanza y prosperidad.
“La tenue luz del sol apenas atravesaba el remolino de nubes que se dirigía hacia el este; una penumbra casi crepuscular inundó la cocina, no podía saberse a ciencia cierta si las manchas que se dibujaban y vibraban sobre la pared eran tan sólo sombras o los signos de mal agüero de la desesperación latente tras la esperanza que abrigaban sus pensamientos.”
La tarea de socialización está encomendada a la fonda, el centro neurálgico de la explotación, que intenta mantener la ficción de foco de accesibilidad que tuvo en el pasado, pero que ha acabado sucumbiendo a las arañas -invasivas e inextingibles, aunque invisibles e indetectables, cuya presencia se manifiesta por el crecimiento incontrolable de las telarañas-, a la inútil acumulación de unas reservas que jamás se consumirán, y a la asistencia de los cuatro parroquianos que la frecuentan porque no tienen un lugar mejor donde ir. Todo ello en medio de la decadencia física que representan la evidente ausencia de limpieza y la acumulación de desperfectos que nadie se preocupa por arreglar; un lugar en el que los odios cruzados se reprimen a base de aguardiente y de insinuaciones que se dan por no comprendidas. Y regentando el tugurio, entre crisis de ansiedad y ataques de odio visceral a sus parroquianos, el fondista, un individuo execrable con unas cuentas pendientes con Irimiás, planeando el desquite entre el polvo y los sacos de provisiones.
“El fondista estaba satisfecho con la creación, pues sabía cómo había de construir los “fundamentos” de su gran sueño. Ya en su infancia y juventud calculaba casi al céntimo el rendimiento que podía sacarles al asco y al odio que lo rodeaban.”
Ahondando en el ambiente oscuro en que se desarrolla la acción, la mayoría de escenas tienen lugar de noche, prácticamente en ausencia de luz, con los primeros fríos de finales de octubre -esos fríos que siempre sorprenden a los desprevenidos con menos ropa de la que sería adecuada-, en medio de la bruma que desdibuja el paisaje, engulle a las personasa y hace aparecer a los fantasmas que vienen a perturbar la paz del lugar, y con la presencia constante de la lluvia, tamborileando sobre los tejados, chispeando en los charcos, empañando los cristales y empapando las raídas ropas de los habitantes de la explotación
“Las cosas se simplificaron de manera definitiva. Contempló las acacias peladas que flanqueaban el camino, el paisaje que un poco más adelante se perdía en la oscuridad, percibió el olor asfixiante de la lluvia y del barro y no le cupo la menor duda de que estaba actuando de forma correcta y acertada. recordó lo ocurrido durante el día y comprobó con una sonrisa que los hechos estaban conectados; le dio la sensación de que esos acontecimientos no se relacionaban de forma casual y aleatoria, sino que hasta el vacío entre ellos era salvado por un sentido indeciblemente bello.”
Descartada la posibilidad de huida -¿para qué? ¿hacia dónde?-, el modo de liberación más a mano, una vez que los que podían marcharse lo hubieran hecho, en definitiva, los que tenían a dónde ir, parece ser la muerte, porque existe algo que mantiene a los residentes de la explotación anclados al lugar, algo que tiene que ver con el destino, con la fatalidad, con esa parte de su ser que ya está ligada para siempre allí, hasta el punto que ya no les pertenece, que ya no pueden disponer de ella, un genius loci que les tiene aprisionados, anulada su voluntad.
“Nacemos en un mundo cercado como una pocilga, continuó pensando con el cerebro zumbándole, e igual que los cerdos que se revuelcan en su propio fango no sabemos con qué fin nos apelotonamos en torno a las ubres nutricias, para qué luchamos encarnizadamente en el barro, por llegar al comedero o, al atardecer, al lugar donde dormir.”
Algunos hechos, casuales o intencionados, tienen la capacidad de remover la aparente quietud y romper el tenso equilibrio que mantiene la aparente homogeneidad de la sociedad, como la muerte de una niña deficiente, sorprendentemente previa del discurso de Irimías, un ejemplo de demagogia y manipulación, en el que éste consigue que todos se sientan concernidos por la tragedia y que asuman como “penitencia” contribuir a su iniciativa. Es precisamente ese proyecto, a todas luces irrealizable, el que actúa como argamasa para la reintegración de todos los habitantes, incrementa su fe ciega en una especie de pensamiento mágico en el que no cabe ni la crítica ni el escepticismo, una especie de certidumbre inquebrantable no sujeta  a ningún suceso que pudiera imponerle la realidad; es tan necesario creer en algo -a los individuos, para mantener su sanidad mental; a la sociedad, para conseguir una homogeneidad de intereses imprescindible para su supervivencia-, que lo que menos importa es la lógica de la creencia.
“Era comprensible que sólo entonces pudieran respirar aliviados, ya que Irimiás no sólo era la fuente de su futuro, sino que bien podía serlo también de su desgracia, de modo que no fue de extrañar que sólo a partir de entonces confiaran en que ahora “todo iría como la seda” y en que hubiera llegado el momento de entregarse por fin a una alegría que dejara atrás las angustias, de entregarse a la ebriedad del alivio y de la repentina libertad, ante la cual incluso “la maldición aparentemente inevitable se vería obligada a retroceder”.”
Formalmente, Tango satánico posee dos características inusuales y complementarias que alteran la lectura de sus páginas. Al lector español puede sorprenderle el hecho de que los diálogos no se escriban después de punto y aparte e iniciados por un guión, sino en medio del párrafo y entrecomillados; aparte de la modificación “topográfica” en la página que representa esa alteración del párrafo usual, contribuye a no romper la otra particularidad: el texto está compuesto por dos Partes de seis capítulos cada una, numerados en forma creciente en la Primera y decreciente en la Segunda, y cada capítulo está formado por un solo párrafo. Esa ausencia de puntos y aparte no es únicamente un recurso tipográfico empleado con fines irreverentes en aras de una supuesta originalidad o inútil frivolidad, sino que dota al texto, de desarrollo lento, detalle minucioso y compleja estructura, de un voluntario ritmo continuo, tanto en el tiempo -cada capítulo consta de un único episodio- como en el espacio -debido a esa particularidad tipográfica-, que le permite acelerar o decelerar el desarrollo sin la brusquedad del cambio de párrafo. Esa restricción, no obstante, obliga al autor a hilvanar las escenas cuidadosamente, mediante cambios prácticamente imperceptibles que le permiten el paso de una a otra sin que la ausencia de corte se quede en una cuestión puramente formal, ya que debe justificar mediante el texto la carencia del signo de puntuación.

En lo referente al contenido, Krasznahorkai compone su novela mediante la construcción de unas imágenes que, más allá de su función propia de representación, para la cual deben ser comprendidas, brindan un amplio abanico de posibilidades de interpretación; es en este sentido que la lectura de Tango satánico facilita -exige- la abertura a una multiplicidad de enfoques para no quedar reducida a un texto corriente. Como en el caso de un cuadro que ha estado expuesto a la intemperie, que el paso de los años ha depositado en su superficie una mezcla de grasa y polvo, que la luz ha descolorido ligeramente a la vez que lo ha oscurecido aunque conserve todo el contenido original, el trabajo del autor ha sido librarlo de esa pátina de suciedad, cuidadosamente, para, sin afectar la composición, poner de nuevo a la luz la escena principal y desvelar asimismo los detalles que la suciedad mantenía ocultos.
“Como una imagen de una nitidez fascinante vio ante sí todo el camino que le esperaba, la niebla que poco a poco le envolvía por los dos lados y en el medio, en una estrecha franja luminosa, todos los rostros que se desvanecerían en el futuro, y en aquellos rasgos, la historia infernal de la asfixia.”
Calificación: *****/***** 

6 de noviembre de 2017

Mil millones de años hasta el fin del mundo

Mil millones de años hasta el fin del mundo. Arkadi y Boris Strugatski. Sexto Piso, 2017
Traducción de Fernando Otero Macías
El científico, la visita de una mujer desconocida, el amigo que se interesa por su trabajo, el vecino que se interesa por quién se interesa, una visita sorpresa de la policía política y la muerte por suicidio simulado del vecino. Este es el arranque de Mil millones de años hasta el fin del mundo, la novela de ciencia-ficción de los hermanos Strugatski, los artífices de libros como Picnic extraterrestre, Qué difícil es ser Dios o El lunes empieza el sábado. Un grupo de científicos, implicados en investigaciones avanzadas, ven interrumpidos sus trabajos de las formas más variadas y peregrinas; reunidos en una desternillante conferencia en casa de uno de ellos y desatando su paranoia a golpes de alucinantes sospechas, llegan a la conclusión de que a "alguien" no le interesa que sigan sus investigaciones; sólo cuando el anfitrión advierte que su círculo de relaciones más próximo parece afectado por la conspiración, se da cuenta de cuál es la verdadera amenaza.

Mil millones de años hasta el fin del mundo es la enésima demostración del uso del humor como hilo conductor de una trama que esconde una ácida crítica contra el sistema político mediante el recurso de explotar sus incongruencias y con el fin de desvelar el ridículo de sus planteamientos y, sobre todo, de sus métodos. Contra la crítica directa, más explícita, el humor desnuda con mayor efectividad las carencias del contrario y, a la vez, es más difícil de desactivar -la farsa es más efectiva que la tragedia para representar las miserias humanas-, aunque la novela fue pasto de la censura en la época de su publicación, en 1976, en la Unión Soviética.

No está a la altura de sus obras mayores, pero es una novela interesante para los partidarios de los hermanos Strugatski y para los aficionados al género.

Calificación: ***/*****

3 de noviembre de 2017

Crisis de Fe



Mi primera crisis de fe, casi agustiniana en las formas aunque de signo contrario en los contenidos, tuvo lugar en el verano de 1974, en la edad, en aquella época, en la que uno adquiría, si se afanaba en ello, la capacidad de hacerse preguntas. Todas las crisis de fe proceden de la capacidad de hacerse preguntas, exactamente al contrario que las adscripciones a fes diversas, siempre provocadas por la búsqueda de respuestas. A pesar de que en casa convivían en plácida armonía el anticlericalismo feroz de mi abuelo -el de “quina pudor de misa que cardarem” cuando mi madre encendía velas para remediar los cortes de luz- y el catolicismo laxo de mi madre, yo fui educado, después de cursar la enseñanza primaria en la escuela pública, en un colegio católico  privado, pero no creo que la razón fuera estrictamente religiosa sino relativa a la calidad de la enseñanza, por aquel entonces representada mayoritariamente por los colegios católicos, y concretamente, en la zona en que vivía, por tres escuelas de Mataró: los escolapios, los maristas y los salesianos; fue precisamente en esta última en la que di con mis huesos de los 9 a los 16 años.

La espoleta que provocó esa crisis -aunque tengo que reconocer que llevaba algunos años con la mosca de la irreligiosidad detrás de la oreja, mosca que se encargaba de alimentar mi abuelo con sus comentarios anticlericales en voz alta, invariablemente cuestionados por mi madre, aunque pienso que debido más a mi presencia que a su contenido: mi abuelo había vivido demasiadas experiencias traumáticas, entre ellas la guerra, la postguerra y el papel de la Iglesia Católica en ambas, como para que su hija se considerara competente para cuestionar sus opiniones- fue un libro. 

Librado de las tareas académicas, en una época en que los deberes no se consideraban un atentado contra el tiempo libre de los alumnos ni a éstos como deficientes mentales a los que no conviene agobiar por el riesgo a que contraigan severas disfunciones inexistentes, aprovechaba los veranos para leer libros no relacionados con los temarios, y ahí cabía, por ejemplo, desde Salgari a Papini, desde Balzac a Pearl S. Buck, desde Hugo a Melville, pero también -para terror de la bibliotecaria de mi pueblo, que me miraba con mala cara cuandio me veía en la mesa, enfrascado en ese tipo de lecturas- desde Marx a Vázquez Montalbán. Un día de ese verano descubrí, en el expositor de libros de bolsillo de la antigua Papelería Roger -no existía en mi pueblo, en aquellos tiempos, ninguna librería, y para conseguir un libro había que acudir a esa papelería o al estanco- un pequeño volumen de la colección El Libro de Bolsillo, "El Anticristo", de un autor que conocía sólo de oídas; recuerdo la cara de Roger, el dueño de la papelería, un hombre religioso y ligado familiarmente a la alta jerarquía del obispado, cuando le di el libro para que me lo cobrara. Una vez en casa, lo devoré en unas pocas horas, deslumbrado por el estilo de Nietzsche y por su incendiario contenido, y cuando lo terminé volví a empezarlo, armado con un bolígrafo para subrayar y tomar notas en el margen.

La evolución de mi antirreligiosidad, en sus distintas formas y manifestaciones, es un tema en el que llevo reflexionando, de forma privada, desde hace años, pero ciñiéndome a los primeros efectos que tuvo sobre mi ánimo la lectura de Nietzsche -autor del que leí, después de El Anticristo, toda la bibliografía disponible, tengo que reconocer que con un ánimo que superaba con creces mi capacidad de comprensión-, tuvo un lugar predominante la disonancia entre mis nuevas ideas y el ambiente al que volví el mes de septiembre siguiente, con el nuevo curso: envalentonado por el nuevo criterio -en este párrafo, pónganse las comillas donde se desee- recién adquirido, pedí una entrevista con mi tutor, un salesiano muy poco ortodoxo -de hecho, años después lo echaron por su compromiso con los más desfavorecidos y sus desacuerdos con la jerarquía-, para exponerle mis ideas. Se mostró dispuesto y comprensivo, se prestó a librarme de las clases de religión -una asignatura obligatoria y puntuable, dados los tiempos y el entorno-, y me animó a seguir leyendo libros relativos a la temática antirreligiosa y a contrastarlos con textos religiosos, canónicos y no tanto -de esa época son también mis primeras lecturas de San Agustín y de Séneca, de Teilhard de Chardin y de Sexto Empírico, de Gregorio Magno y de Montaigne, por ejemplo-; pero una de mis mayores dudas, teniendo en cuenta mi conciencia recién adquirida, fue acerca de si, demostrada la estupidez que significa toda religión, los salesianos -y por extensión, todos los curas, pero aquéllos especialmente, hombres inteligentes y preparados pues, siendo como era una congregación dedicada a la enseñanza, todos poseían, aparte de sus estudios religiosos, al menos una carrera universitaria- realmente creían en Dios; la respuesta, aunque de forma velada pero perfectamente inteligible, me la dio mi tutor: dedicarse a la religión era una opción de vida, no una opción intelectual; por supuesto que no creían en Dios, pero hacían como si creyeran porque los beneficios de esa mentira para el pueblo llano, ignorante y conformista, ávido de ser engañado, eran mayores que la aceptación de la no existencia del ser supremo y de la banalidad de sus creencias.


Y todo eso me ha venido a la memoria estos días, cuando también he visto predicar, religiosamente, acerca de los beneficios de profesar otra religión, esta de contenido más -aunque no mucho- laico, por parte de algunos sacerdotes que, si poseen la pizca de criterio que se supone por los cargos que ocupan -si no es así, el asunto es preocupadamente más grave-, necesariamente tampoco creen en nada de lo que están diciendo.

30 de octubre de 2017

Hombres varios

Hombres varios. Ror Wolf. Contraescrituraç, 2017
Traducción y prólogo de José Aníbal Campos
Únicamente los individuos sobrios son capaces de captar todos los matices irónicos de la realidad; esa misma realidad que se impone con su insoslayable gravedad sobre las mentes traslúcidas actuando como muro de contención del discurso y de la creatividad -creatividad como efecto generador, no únicamente artístico-, posee la capacidad de engendrar el recurso irónico sin el cual su percepción es parcial, limitada y, ocasionalmente, instrumentalizada; aunque no conviene olvidar sus limitaciones:
"Lo bueno de la ironía es que disecciona las cosas, se pone sobre ellas de manera que podemos ver los fallos e hipocresías y dobles juegos (…) Sarcasmo, parodia, absurdismo e ironía son magníficas maneras de arrancar la máscara a las cosas y de mostrar así la poco agradable realidad que esconden. El problema es que una vez las reglas del arte han sido desenmascaradas, y una vez que las desagradables realidades que diagnostica la ironía han sido reveladas, entonces, ¿qué hacemos?" David Foster Wallace
¿Dónde está la paradoja? ¿En los posos de realidad que se esconden detrás de toda ficción, o en los rastros de ficción que se pueden encontrar en la más inviolable realidad? Contra los apocalípticos -espirituales, se autocalifican- que insisten en que la realidad es una ilusión, es necesario reivindicar su existencia efectiva porque sin realidad no puede existir la ironía, es inútil intentar ejercitarla en el ámbito de la ficción-.
"Al final sólo quedan palabras en las que se trasluce el escaso valor de la vida humana. Eso basta."
Ror Wolf, un sujeto cuya productividad en todos los ámbitos es apabullante aunque esta es, me parece, su primera traducción al castellano, y con respecto del cual los lectores que no leemos alemán poco podemos deducir, desarrolla en este Hombres varios una serie de relatos en forma de apuntes en espera de exposición; no de trata, pues, de microrrelatos, pues algunos abarcan, en la extensión de unas pocas líneas, toda una vida; ni tampoco de resúmenes ni esquemas: los fragmentos -por llamarlos de algún modo, aunque esta calificación tampoco atiende a la realidad de los escritos-, que acostumbran a contener en esa poca extensión el planteamiento, el nudo y el desenlace, esbozan las líneas maestras de una historia completa, pero a la que se han sustraído los detalles no por su irrelevancia sino por decisión voluntaria, a la espera de que alguien los complete. Esa simplificación consigue  que aflore la ironía -los detalles omitidos no son inocentes- que se halla presente en cualquier relato protagonizado, con visos de realidad, por un ser humano. En definitiva, en  lugar de presentar hechos, objetivo de toda narración que se precie, representan ideas. Aunque tal vez no se trate tanto de relatos como de instantáneas; más que cuentos estructurados de acontecimientos sucesivos ligados causalmente y con elementos comunes en el conjunto que permiten especular acerca de su progresión, se trata de una serie de fotos fijas que dan indicios de los próximos movimientos: la trama sin trama.
"En una ocasión en que subía una escalera, me salió al encuentro un hombre que venía bajando, un hombre alto que reía. Los dos nos sorprendimos tanto a causa del encuentro, que no tuvimos tiempo ni para saludarnos. Yo no conocía al hombre, pero tuve la sensación de que la historia que acabo de empezar hubiera podido tener un final distinto a este con el que la acabo."
El narrador, a pesar de su aparente frialdad, parece tan implicado con los protagonistas de sus instantáneas que el lector puede llegar a dudar acerca de si todos esos "hombres" no serán más que avatares del propio narrador. Con una inocencia propia de Robert Walser, Wolf hace gala de una modestia que le alcanza sólo para proponer, para especular, para apuntar, y casi nunca para afirmar y mucho menos para pontificar; como si relatara sin intención, obligado por unas circunstancias que no conocemos, casi sin querer, y dejando siempre en el aire el juicio moral relativo a las acciones, sean sorprendente o simplemente rutinarias, de sus protagonistas.

Una lectura estimulante y asombrosa; o asombrosa y estimulante.

Calificación: ****/*****

23 de octubre de 2017

Solenoide

Solenoide. Mircea Cartarescu. Editorial Impedimenta, 2017
Traducción de Marian Ochoa de Eribe. Postfacio de Marius Chivu
"Sí, esto es lo que soy, esto he sido desde que estoy en este mundo: un hombre solo, esperando detrás de una ventana. He volcado aquí, en la caja de cartón de mi manuscrito, un montón de piezas de puzzle. Incomprensibles en sí mismas, caen sobre las demás del derecho o del revés, se diseminan por el amplio espacio de juego. A partir de ellas, los largos dedos de la lógica del sueño podrían llegar, gracias a minuciosas obras de combinación, giro, posicionamiento, aumento y disminución, centralización y lateralización, acentuación y difuminado, a un cuadro siquiera parcialmente coherente, al menos coherente para mí aunque siguiera siendo absurdo para todos los demás, porque existen coherencias inteligibles e ininteligibles, al igual que existen el absurdo comprensible y el incomprensible. Puedes entender lo ininteligible, eso es el poder. Puedes no entender lo inteligible y eso es el terror. Puedes no entender lo ininteligible, eso es la iluminación. Así como, en la oscuridad más profunda, no sabes si tienes los ojos abiertos o cerrados, a veces siento que, en el espanto y el estremecimiento de mi vida, ya no sé en qué parte de mi cráneo me encuentro."
Un aspirante a escritor, un joven de elevados ideales y razonable ambición, ve transcurrir los años, sin que su vocación acabe materializándose, en un irrelevante puesto de maestro de escuela en un centro de enseñanza de los suburbios. Las páginas que leemos, realmente, forman parte de una especie de memorias privadas, el sustituto de la literatura que nunca escribió desde aquella vez, a sus dieciocho años, en que aplazó la escritura por una falsa sensación de exigencia. Solenoide (Solenoid, 2015) es, pues, un largo informe que escribe el narrador para dar cuenta de algunos de los hechos sucedidos en su banal existencia; no se trata tanto de una autobiografía, pues él mismo reconoce que su vida visible carece del menor interés -ni siquiera, o sobre todo, para sí mismo-, sino de lo que se halla en el sótano de su mente, mucho menos evidente, y que necesita ser verbalizado para ser comprendido, asimilado y, quizás, interpretado, ya que reconoce que su memoria funciona a dos niveles: los hechos que recuerda, y los hechos que recuerda haber recordado.
"Puedo meditar sobre mis elecciones y me puedo pensar pensando. El objeto de mi pensamiento es mi pensamiento, y mi mundo se identifica con mi mente."
El narrador especula acerca de la vida que ha llevado y de las que podría haber vivido si, en su momento, hubiera tomado otras decisiones distintas de las que eligió, y teoriza con haberlas, ya que no vivido, al menos, conocido; observar el ramillete de opciones que, desde un comienzo común y también con un punto final compartido, podría haberse producido; todo ello gracias a una reunión conclusiva de todos esos yo, un imposible reencuentro en el que pondrían las distintas experiencias en común. El primero, el autor reconocido universalmente por el poema que escribió de joven, ese mismo poema que en la línea temporal presente, mereció el desprecio del crítico que podría haberle encumbrado.
"Prácticamente, en cada instante de nuestra vida realizamos una elección o una ráfaga de aire que nos arrastra por un pasillo y no por otro. La línea de nuestra vida se endurece después, se fosiliza y adquiere coherencia -pero también la simpleza del destino-, mientras que las vidas que habrían podido ser, que habrían podido desprenderse a cada momento de la ganadora, quedan reducidas a líneas de puntos, fantasmales: creodas, transiciones de fase cuántica, traslúcidas y fascinantes como los brotes que vegetan en el invernadero."
Resignado a la insulsa actividad docente, con respecto a la cual ni el interés personal ni la preparación académica parecen estar de su parte, está dispuesto a establecerse en un barrio de los arrabales, como si pudiera sumar a su aislamiento intelectual una existencia de ermitaño. Ese propósito le conduce a la adquisición de una vivienda, propiedad de un inventor, equipada con un extraño solenoide enterrado en sus cimientos, que la dota, supuestamente, de poderes particulares. Sin embargo, el aparato nunca llegó a prestar los beneficios planeados, convirtiendo a la casa tecnológica en una vivienda cualquiera, excepto por un detalle: una extraña consulta de dentista, proveída de todo su utillaje, escondida en el subsuelo de una torre de complicado acceso. Estos espacios dan forma a un recinto imaginario que delimita su existencia: su propia casa, con forma de barco; la escuela; la Automecánica; la Fábrica de Tubos, la torre del agua; espacios que conforman una vida y que sustituyen al tiempo, mucho más inconstante, mucho más inasible, mucho más volátil.

Esa grisura absorbente acompaña al narrador a todas horas hasta hacerle indistinguibles el tiempo de las clases del tiempo libre, ni el lugar en el que se encuentra a cada momento, si bien es cierto que en su casa se acentúa y, por esta razón, es donde se encuentra más a gusto. Pero es precisamente en su vivienda donde su vida, de repente, se ve alterada por la llegada de Irina, que adopta el papel de amante, y por el primer efecto visible del solenoide enterrado.

Si algunas veces evocamos recuerdos que parecen tan incoherentes con la mayoría como para sospechar que no nos pertenecen es porque la memoria sigue un trazado que puede no coincidir con nuestra vida consciente, con los recuerdos de los hechos, mucho más manipulables, y sobre los que hemos alzado el edificio de lo que, a falta de mejor nombre, hemos llamado "experiencia", que no es más que la punta que emerge del iceberg de la existencia.
"La vida es miedo, nada más, y ese miedo constituye la sustancia de nuestra aventura en el mundo."
Si esa existencia es, por naturaleza, fragmentaria, reportarla también debe serlo, necesariamente. Un Diario, unas Memorias, no son sino viñetas parciales que intentan dar cuenta de esos fragmentos. Por supuesto, intentar reproducirla de forma unitaria es una quimera, y todo intento acaba, infaliblemente, en fracaso. Pero aun siendo consciente de esa limitación, el narrador lo intenta, y Solenoide es el resultado: un conjunto de retales, algunos inconexos, otros conectados, cuyo único punto en común, si acaso, es pertenecer a un mismo individuo.

Un desasosegante sentimiento de autoextrañamiento recorre permanentemente la totalidad del texto, acompañado de una sensación de inadaptación al resto del mundo, cualquiera que sea el ámbito. "No existo, no tengo personalidad, no sé quién soy", confiesa el protagonista; por esa razón se busca y, mediante la sucesión de recuerdos, sueños, alucinaciones, sus encuentros con los extraños Visitadores, fragmentos de un Diario -"una especie de memorial"-, y las combinaciones de todos ellos, intenta componer un cuadro estable que le permita especular acerca de la existencia de esa identidad mediante el propósito de adjudicarlos a un solo sujeto para, posteriormente, reconocerse en él a través de un mecanismo de sustitución: que el manuscrito se convierta en la realidad y tome el lugar de la experiencia vivida, que pasaría a formar parte de la ficción -y pertenecería, por tanto, a otro sujeto-. 

¿Son transmisibles las pesadillas? Más allá de comunicarlas, o escribirlas, ¿pueden pasar de una persona a otra? ¿Pueden hacerlo aunque una de ellas no esté presente? ¿Podría darse el caso de que nuestras pesadillas tuvieran existencia propia, independientemente de nosotros mismos, y fueran capaces de permanecer en estado de latencia hasta que se presente el huésped apropiado? ¿Qué mecanismo desencadena en el narrador ese sueño recurrente acerca del gemelo "desaparecido"? Más todavía, ¿a qué se debe esa insistencia en relatar sueños? Tal vez, hechizados por la ilusión de la huida que parece asociarse a la noche, el silencio y la oscuridad, se acaba desechando la ilusión cuando se comprende, siempre demasiado tarde, que la única forma efectiva de huida, la que no concibe la posibilidad de  arrepentimiento que implica el regreso, es la muerte: se equivoca quien piensa que los enigmas se esconden en los sueños, y se confunde todavía más quien pretende   interpretarlos adjudicándoles una cuota de realidad; los verdaderos enigmas, indescifrables, se hallan, a plena luz, en el mundo real.
"Y aquí estoy ahora, al cabo tan sólo de una millonésima de segundo, reducido a lo que soy de verdad, a lo que he sido siempre: la perla del centro de la espiral abrumadora de la  mente. Viviendo aquí, muriendo aquí, sin tiempo, sin propiedades, sin enemigos, como he muerto, viviendo, desde siempre."
El objetivo del manuscrito no es, por supuesto, su publicación, ni siquiera su lectura; su finalidad se agota en su escritura. Como cualquier obra humana, habla primordialmente de quien la escribe y sólo a quien la escribe, y trata de conferir unidad a un conjunto de experiencias disociadas que sólo mediante ese recurso pueden adjudicarse a un solo individuo. No es, por tanto, un documento que pueda ser comprendido ni mucho menos analizado, sino que se trata de una simple exposición a la luz de la información codificada que poseía el narrador.
"Esto es lo que mi manuscrito ha hecho hasta aquí: ha descubierto, ha sacado a la luz, ha desvelado lo que estaba oculto por velos, ha desencriptado lo que estaba escondido en la cripta, ha descifrado la cifra de la caja que lo contenía, sin que una sola gota de la sombra y la melancolía del objeto desconocido haya caído en nuestro mundo. Cuantos más detalles vemos, menos entendemos, pues comprender significa penetrar en el sentido por el cual existe el engranaje y que vive sólo en la mente de quien lo ha concebido. Entender significa siempre penetrar en otra mente, de modo que todo objeto que aspire a ser entendido es un portal hacia ella."
Así pues, el narrador penetra en su propia mente para decodificar su experiencia y, poniendo la misma importancia en los recuerdos, los sueños y las alucinaciones -puertas que dan a laberintos (Piranesi), recorridos que trascienden las tres dimensiones (Escher), la esfera que lo contiene todo (El Bosco)... -, integrar toda la información como perteneciente a una sola vida. 
"Lloro y escribo, indistintamente, como si escribiera con lágrimas y llorara tinta. Mi manuscrito ha desaparecido entre las llamas hace mucho. Siempre supe que el fuego sería su único lector. Escribo ahora las páginas finales para que mi mundo no quede incompleto. También estas las abrasará, apasionado o displicente, en cuanto las termine, ese mismo fuego, el gran lector de todas las bibliotecas del mundo. Luego me colocaré a la niña sobre los hombros y, junto a mi esposa, caminaremos, en un ocaso cada vez más sangriento, hacia donde nos guíen los ojos, fuera del libro y del relato."
Como cualquier vida repartida en dos componentes disociados -excluyendo, en este caso, la disfunción mental desde el punto de vista clínico-, es difícil, a la vez que infructuoso, establecer una dominante, y más en esta ocasión en la que el autor juega con la indefinición; si bien es cierto que el documento que leemos parece principalmente producto de la versión realista del profesor de rumano, no lo es menos que una parte significativa de aquello que relata tiene que ver con lo experimentado por su reverso. El inestable equilibrio entre ambas versiones, sus conexiones y la capacidad de cambio de registro sin que la verosimilitud del conjunto se vea comprometida son, tal vez, la argamasa que da consistencia al maravilloso, desafiante y asombroso edificio que es Solenoide, un texto que se multiplica a medida que avanza, como la casa en forma de barco del narrador, que contiene, entre sus paredes, un edificio interior en continua expansión.

Calificación: *****/*****

13 de octubre de 2017

Stanley y las mujeres

Stanley y las mujeres. Kingsley Amis. Impedimenta, 2017
Prólogo de Kiko Amat. Traducción de Eder Pérez Garay
"Estaba claro que mi problema es que seguía confundiendo a las mujeres con hombres."
Disfrutando de una acomodada vida con su segunda esposa y de un trabajo refrescante, la vida de Stanley Duke sólo se ve afectada por dos contratiempos: el alcohol, que teniendo en cuenta su extracción social y sus relaciones no es ningún motivo de preocupación; y su hijo, fruto del matrimonio con su primera esposa, un joven consentido y malcriado -el conocido cliché para el hijo de una pareja divorciada- en plena crisis esquizoide.

Pero desde una perspectiva sonrojantemente egocéntrica, Stanley parece tener problemas en sus relaciones con -algunos de los- demás, con sus jefes y sus subordinados, con sus amigos y sus enemigos, con la gente que conoce y con la que no soporta; estos problemas, una vez asumido aquel egocentrismo, son de muy diversa índole y se manifiestan únicamente algunas veces, en situaciones que tienen que ver con el tipo de relación que mantiene con aquéllos. Sin embargo, existe un grupo de personas con las cuales su relación es invariablemente conflictiva: las mujeres. 

Su animadversión para con Nowell, su primera esposa y madre de su hijo, se remonta a la época remota en que ella lo dejó y parece fundamentarse en la herida, aun no cicatrizada, que supuso para su ego ese abandono, y que el tiempo parece que no ha hecho más que agravar. Un segundo conflicto, este contemporáneo, es el que estalla con la psiquiatra de su hijo, una mujer decidida y dominante, la primera entrevista con la cual posee la sutileza de un combate de boxeo. Problemas que se repoducen hasta con la mujer de la limpeza, que no soporta el pijerío de Susan, y que abandona su puesto en pleno ataque del hijo de Stanley. Y, finalmente, con Susan, su esposa, que no se ve capaz de mantener la convivencia en presencia de las locuras del hijo y del supuesto desentendimiento de Stanley.

Amis escribe Stanley y las mujeres (Stanley and the Women, 1984) a los 62 años. Queda atrás su época de angry young man, y su posicionamiento político ha ido evolucionando hacia el conservadurismo, ciertamente muy británico pero no por ello menos radical, llegando a aparejarse con la misma derecha que siempre había aborrecido desde su ideario filo-comunista -un comunismo ciertamente muy británico, también-. Ese escoramiento había provocado que muchos de sus enemigos dejaran de serlo -se había convertido en uno de los suyos-, y esa era una situación que, al menos el Kingsley público, no podía permitirse; para mantener su fama de tocapelotas debía buscar la cuota de enemigos en otras partes, y vaya si lo consiguió: su círculo familiar íntimo -el libro está escrito en mitad del proceso de divorcio de Elizabeth Jane Howard, su segunda esposa- y, por extensión, cualquier especimen del sexo femenino -independientemente de la especie-; pero también para asegurarse el odio de aquellas personas a las que él mismo odiaba -no como revancha sino más bien como confirmación-. 

Stanley parece transitar en frágil equilibrio por la tenue línea que convierte, por exceso de hipérbole, el odio en chifladura -y no deberíamos posicionarnos nosotros, como lectores, en ninguno de ambos lados-. En su esfuerzo por parecer civilizado, intentando reprimir las aristas más hirientes de su misoginia, en sus relaciones con "las mujeres", acaba exagerando su amabilidad hasta quedar como un calzonazos imbécil; es después de las escenas que comparte con ellas donde, en sus reflexiones, acaba aflorando el Stanley real. ¿Paranoia? Tal vez, pero ilustrada.

Una lectura estupenda.

Calificación: ****/*****

9 de octubre de 2017

Lágrimas y santos

Lágrimas y santos. Emil Cioran. Hermida Editores, 2017
Traducción y prólogo de Christian Santacroce
"El límite de todo dolor es un dolor aún mayor."
Lágrimas y santos -también conocido como De lágrimas y santos) fue uno de los primeros libros que publicó Cioran, concretamente a los 26 años de edad, y corresponde a los libros que vieron la imprenta en su Rumanía natal, antes de su exilio francés; ésta es la primera edición del texto completo en castellano.

El ensayo, breve pero intenso, constituye un ataque despiadado contra la religiosidad extrema y focalizado en algunas de sus representaciones más relevantes. 
"La religión es un modo de fructificar la locura latente, y las iglesias no son sino hospicios bien considerados."
Cioran califica a la santidad de perversidad trascendente; a los santos, esos voluptuosos del poder y del refinamiento perverso del tormento, de enfermos vanidosos; a los místicos, esos hooligans de la religión, de sádicos de la perfección; a la pobre inutilidad de la teología, de la locura inherente a la religión.
"La vida no es sino una constante crisis religiosa, superficial en los creyentes, perturbadora en los que dudan."
Cioran busca a Dios a través de los santos, pareciendo que los que tuvieron un contacto más íntimo con la divinidad fueron los místicos, particularmente ellas, medievales, centra en éstas su atención en busca, quizás, de poder recorrer el mismo camino. 
"La mística es una evasión del conocimiento, y el escepticismo un conocimiento sin esperanza."
Sin embargo, su intención se ve prontamente interrumpida porque, a pesar de afirmar que sólo hay una manera de ser creyente, pero muchas de ser religioso, se apercibe de que, exceptuando a los que siguen las inercias de ambos bandos, los ateos siempre han reflexionado más sobre la religión que los creyentes. En cuanto al éxtasis, en torno al cual no existen más que ruinas y cuya incandescencia anula toda actividad intelectual, concluye que está indisolublemente ligado a la sexualidad, y la santidad a la enfermedad.
"La santidad es la negación de la vida por la histeria del cielo."
Teniendo en cuenta que la vida es la recuperación del recuerdo de una existencia previa a nuestro nacimiento, lo que diferencia la vida de los santos de la del resto de los humanos es que en aquéllos el recuerdo está ligado a Dios.
"La filosofía no ofrece respuestas. En comparación con ella, la santidad es una ciencia exacta.
Calificación: Hors catégorie