10 de abril de 2015

Aniara

AniaraHarry MartinsonGallo Nero, 2015
Traducción de Carmen Montes
"Podemos protegernos de casi todo lo que hay, del fuego y las lesiones de la tormenta y el frío, ¡ay!, de cualquier revés que se pueda imaginar. Pero no hay forma de protegerse del hombre."
En un futuro no demasiado lejano, la Tierra como lugar de residencia de la especie humana, devastada por la irresponsabilidad de sus habitantes, ha colapsado y ha dejado de ser viable. Varias naves, repletas con los restos de la civilización, con la parte del medio ambiente que ha sido posible recuperar y con una parte de los supervivientes a la extinción, parten a la busca de mundos alternativos que colonizar y en los que establecerse. Una de estas naves, la que da título al libro, tiene como destino el planeta Marte, pero un incidente la desvía de su objetivo y la deja vagando por el espacio sin destino. Esta epopeya, tratada numerosas veces por la literatura de anticipación, es la excusa utilizada por Harry Martinson, uno de los máximos representantes de la denominada "literatura proletaria" originada en Suecia, para componer un libro insólito y sorprendente, una catábasis que bebe directamente de las fuentes de la poesía épica, Aniara (Aniara, 1956), un conjunto de 103 poemas que Gallo Nero ha publicado en castellano en una impecable traducción y, ante la imposibilidad de trasladar a nuestra lengua la totalidad de matices del original y con una decisión tan valiente como acertada, en forma de prosa.

La condición humana es, a la vez, inquebrantable e incorregible. Martinson ahonda en la perplejidad del ser humano, después de los avances científicos del último siglo, al verse enfrentado a la infinitud, a la destrucción de las certezas que saltaron por los aires cuando se dedujo la proporción transhumana de la Historia, de la naturaleza y del universo, de la entropía como principio rector de lo que siempre se había considerado intencional, y de la existencia del vacío. ¿Dónde radica el mayor peligro, en la permanencia en una situación insostenible o en la huida hacia un destino desconocido? O, en otras palabras, ¿cuál debe ser el balance entre realidad y esperanza?

Perdidos los referentes, la existencia carece de objetivo, la moral se relativiza y se entrega el alma inanimada a la técnica: acaso vivir no seas más que esperar la muerte y esa espera la única fuente de imprevisibilidad... Cuando desaparece aquello que tiene nombre, ¿qué hacemos con la palabra que lo designaba?

En estas condiciones, el recuerdo no es sino el más refinado método de tortura: el pasado es un territorio al que es imposible volver, en el que es imposible vivir porque la conflagración atómica del tiempo lo ha hecho inhabitable -Martinson recoge la visión pesimista de la filosofía de la historia que se lamenta de que la Humanidad sea la única especie sobre la Tierra capaz de autodestruirse-; sólo se puede soñar. Por esa razón, el sueño es más deseable que la vida, pues éste sí que puede colmar las aspiraciones del individuo mediante una existencia vicaria en la que los deseos se escogen y, por supuesto, se ven cumplidos.

Cuando amenaza la aniquilación, ¿nos lamentamos por los errores del pasado? ¿Nos castigamos por nuestra inconsciencia? ¿Depositamos nuestra esperanza en el futuro? Pero, ¿hay futuro? ¿Quién puede asegurarnos que no repetiremos nuestros errores? En definitiva, aparte de nosotros mismos, ¿va a afectar negativamente a algo o a alguien nuestra desaparición?
"En la Sala Siete está el fichero del Pensar. Poquísimas visitas, y eso que contiene ideas dignas de pensarse mucho aún. Allí hay un señor al que llaman Amigo del Pensar y que da a todo el que lo pide las bases de las leyes del pensamiento. Con tristeza señala un puñado de ideas que habrían podido salvarnos si, a tiempo, hubiéramos recurrido a ellas para cultivar el espíritu; pero como el espíritu no estaba muy de moda, lo dejaron colgado en el ropero del olvido."
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